La soledad de las tardes grises...
Con una taza en la mano, se sienta en el comedor de 6 puestos que su esposa mandó a construir imaginando que tendría una gran familia. Nunca tuvieron hijos ni perros. De vez en cuando un familiar, otras veces una visita, pero nunca ese comedor estuvo lleno. El hombre volvió a ver de un lado y de otro, y luego de decir algo imperceptible, se asomó a sus labios una sonrisa. Visto desde lejos, la vida estaba detenida desde hacía rato en un atardecer, convirtiéndose en una factura retrasada enviada por el cielo.
Desde allí, sentado en la mesa, el hombre mira hacia la puerta que da hacia afuera. Vuelve a decir algo y señala con el dedo. Las paredes parecen retroceder, llenarse de sombras y de tiempo que devoran la carne del hombre solo que juega con el olvido terco. Y el gran comedor, en la pequeñez de la casa, habla de la futilidad de los objetos. El hombre mira a su alrededor y si algo está pensando, piensa en que la muerte es un suceso irrelevante y muy especialmente, después que ha estado cerca de ti y en tu corazón ha clavado sus dientes.
Como puede, el hombre se levanta y con unos pasos descalzos avanza hacia la puerta de la casa. A la derecha, unos periódicos viejos y frutas agrias; a la izquierda, un sofá roto y maltrecho. El ruido de la calle lo detiene, pero luego el hombre vuelve a hablar para sí y vuelve a señalar con el dedo. El hombre sale aprovechando que Dios está dormido y el diablo está despierto. Se va como la tarde, el hombre, con su pesado ayer, con sus descalzados pasos, en su peregrinaje de locura y de ausencias.