Era la época en la que los hombres tenían que salir de cacería para poder obtener comida. A veces se iban en grupos, otras veces separados, individualmente, detrás de alguna presa que pudiera mermar el hambre del pueblo. Eran viajes que podían durar días o meses, en donde los hombres arriesgaban la vida.
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Cierta vez, uno de los más jóvenes del pueblo, sintió que ya era hora de hacer lo que los otros hombres hacían y así demostrar que se hacía grande, por lo que le pidió a uno de los hombres más viejos, su caballo. El anciano al principio se negó, alegando que aquel era un viaje peligroso y que podía perder al animal, pero como el joven le dio su palabra que se lo devolvería sano y salvo, no tuvo más remedio que acceder.
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El muchacho ensilló a la bestia y salió de viaje acompañado de sus perros. Luego de galopar varios kilómetros, se consiguió con el primer obstáculo: una jauría de lobos hambrientos. Como pudo, se salvó él, sus perros y el caballo. Más adelante fueron cuervos y después otras alimañas, el hombre hizo lo posible siempre de cuidar a sus animales, incluso, por encima de su propia vida.
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La poca agua y poca comida que tenía, el muchacho se la dio al caballo y a los perros. Famélico y cansado, el muchacho duplicó sus esfuerzos, pero todo intento de cacería fue fallido. Hizo entonces, vencido, el viaje de vuelta y como el caballo estaba débil, lo hizo a pie. Cuando el muchacho llegó moribundo y con los pies llagados, todos preguntaron por qué no había montado el caballo. Entonces el muchacho dijo que hubiese preferido morir él antes que llegar sin el caballo del viejo. Con aquello, sin darse cuenta, el muchacho había demostrado su madurez.
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HASTA UNA PRÓXIMA HISTORIA, AMIGOS
La palabra empeñada (Relato corto) | Ecency
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