Después de tres matrimonios y tres divorcios, Andrés volvía, nuevamente, a casa de su madre, Andrea, una viuda de 70 años, que vivía sola, en su casa de toda la vida y solo había tenido un hijo: Andrés. Por lo que recibir a su hijo, después de cada fracaso amoroso, se había convertido en costumbre, pero también en alegría, regocijo. para ella.
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En la casa materna estaba su habitación intacta, como Andrés la había dejado. Con sus libros de la universidad, sus afiches juveniles, hasta algunas camisas y pantalones que la madre le había comprado y había guardado en el closet. También estaban sus utensilios personales, sus objetos deportivos, sin mencionar, el esmero que ponía la madre en la comida preferida de su hijo.
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Todas las parejas de Andrés le habían advertido la relación de dependencia que él tenía con su madre, pero él siempre lo había negado, aunque normalmente aceptaba que su madre era la mujer más importante de su vida. Ninguna de ellas había podido soportar a aquel hombre que bajo ninguna circunstancia tomaba una decisión si antes no la consultaba con su progenitora.
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Metido en la cama con su madre, mientras miraban la televisión y él comía papás fritas, Andrés estaba tranquilo. Su madre le preguntó si quería una cerveza y bajó a buscársela. Andrés se rió mientras veía su programa favorito, unas comiquitas que veía en su infancia, y mientras reía se preguntaba, por qué las otras mujeres no podían ser como su madre, que era tan gentil y buena.