La crueldad de los espejos
Levantarse de la cama para poner orden en la casa, ella comienza así su soliloquio de puertas cerradas. El marido aún duerme, los hijos también, mientras ella silencia sus pasos tratando de no interrumpir sus sueños. El sol no sale aún y sin embargo, el cansancio mordisquea su espalda, sus extremidades, la punta de sus dedos. Vuelve la vista al otro lado del colchón y allí está el varón, descansado, joven, en la sombra. Su cuerpo es llanura y desierto, un sonido ronco sale de sus pulmones, ajeno a la mirada de ella, que se ha vuelto invisible con el tiempo.
Ha aprendido a hacer todo con las luces apagadas: tantear en la oscuridad es parte de sus habilidades adquiridas. Sus hijos, hechos bajo la disimulada luz, sobre las blancas sábanas inocuas, descubrieron tempranamente el poder de sus llantos, de sus berrinches, por lo que merodean traviesos todo el día, incluso en las pesadillas de la madre, convertidos en animales amnióticos y sedientos. Sacude la cabeza para alejar esos pensamientos. Ella tan genuinamente orgullosa de su naturaleza, se siente mujer, se siente completa, dueña ella de un vientre de aguas claras y del hombre que yace en su cama, liviano y desconectado.
Pero al entrar al baño, enciende la luz y ella está allí: su espalda encorvada a pesar de sus cortos años, su herida honda ya seca, sus canas visibles desde la raíz. En el límpido espejo, ella mira el reflejo de una mujer gastada, vencida y gris. Sin darse chance a nada, la queja no es parte de su naturaleza, la mujer la luz apaga y vuelve a pensar en que cada día ella es dueña de algo, de sus hijos, su esposo, su casa y se siente feliz.