Inventario de la devastación (Relato corto)

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Inventario de la devastación

Eran las 9 de la mañana cuando el camarada se despertó. Sintió la boca pastosa, reseca. El tufo a alcohol le brotaba por los poros. Intentó pararse, pero el dolor de cabeza no lo dejó. Se sentía débil, desinflado, como un salvavidas viejo. No sólo era la resaca, también era el hambre. Ayer solo se había comido un plato de arroz con caraotas que habían hecho para los miembros de mesa y él había logrado que le dieran un poquito: mira que yo trabajo con la revolución, yo soy revolucionario hasta la muerte, había dicho a todo gañote para que lo oyeran y alguien que lo escuchó, le dio lo que quedaba en la olla. Con el plato en las manos y saltando de alegría, el camarada se había agachado en un rincón para comerse los granos.

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Todo el día había estado ayudando en los comicios. Desde el día anterior se había anotado. Los que colaboren no solo la patria se lo pagará, también estamos haciendo los contactos para darles una bolsa de comida, había dicho la líder de calle y él se había ofrecido a entregar su vida por la revolución, si así fuese necesario, había dicho tartamudeando.

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Aunque no hubo diana que lo despertara, llegó puntual al sitio. Se descubrió varias veces dormir al encontrarse el centro electoral vacío. Eso debe ser el hambre, le dijo el que estaba al lado y él mismo abrió la boca en un bostezo. Más tarde llegó la orden de buscar los electores a sus casas y el camarada hizo un saludo militar en señal de obediencia. Pálido y demacrado, con la ropa vieja, el camarada solo logró que los vecinos en la cara le cerraran la puerta.

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Ya en la noche, aunque nadie había contado los votos, los del partido comenzaron a celebrar. Ganamos sobrado, se escuchó decir y el camarada comenzó a festejar también, aunque no recordaba haber visto muchos electores en las mesas. Luego de eso pasaron una, dos, tres, cinco botellas de ron que empezaron a beber entre todos. Pa' cuando será la bolsa de comida, había preguntado y nadie le había sabido dar respuesta. Después de la quinta botella, ya nada importó.

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Ahora, en mitad de la resaca, el camarada escucha, como a lo lejos, a los hijos llorar y a la mujer formarle pleito: Que no hay comida, que no hay gas, que no hay agua, ni electricidad, que hay que comprar una medicina. Y el camarada sueña con lo bonita que es la revolución y con su bolsita de comida.

HASTA UNA PRÓXIMA LECTURA, AMIGOS