Fernando está enamorado
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Como al otro día, en la mañana, mi mamá me mandó a comprar el pan en la bodega. Yo me había levantado en ese momento y aun con sueño, me fui a comprar el pan para el desayuno. Yo iba como medio dormido cuando de repente me topé con ella, que me miraba detrás del mostrador, que me preguntaba algo. Era la sobrina de la señora Lulú. En ese momento no recordaba qué era lo que iba a comprar y pedí queso. Cuando ella me dio el queso, recordé que no era eso, pero no le dije nada. Cuando llegué a mi casa, mi mamá me regañó, pero yo solo pensaba en qué bonita era la sobrina de la señora Lulú.
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Aunque no fui a regresar el queso, porque me daba mucha pena, sí fui después a la bodega. Todos los días, a cada rato. Siempre me equivocaba: llevaba harina, cuando debía comprar tomate o compraba aceite cuando debía comprar leche. Saori, que así se llama la sobrina de la señora Lulú, se reía conmigo, me preguntaba que si era eso realmente lo que me habían mandado a comprar y yo decía: sí, como ido, como en otro mundo. Y después llegaba a la casa y pum, me regañaban porque no era eso. Y yo volvía contento a la bodega a regresar lo que había comprado.
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Una vez, yo estaba pintando un barco y llegó mi mamá y le dijo a mi papá que la señora Lulú ya no tenía el virus y que Saori ya no estaba en la bodega. Escuché y no quise seguir dibujando. Ella dijo que Gracias a Dios, que si patatín y patatán. No sé por qué, pero desde ese día ya no pinto barcos y ya no me equivoco al comprar las cosas. Mamá le dijo a mi papá que a mí también me había picado un virus, supuestamente el del amor, pero yo no dije nada porque mamá dice que cuando los adultos hablan no hay que hablar y porque el virus ese me hizo doler el corazón.