Estar desde lejos
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El hombre con sus ojos aguados de oscuridad miró sus manos, huesudas y callosas. Si las manos fueran varas para medir la vida, aquel hombre había vivido mucho y en penuria. Alzó la cabeza y volvió a mirar a la gente cansada y somnolienta que iba en el transporte público. La mayoría era extranjero, la mayoría era de su país, casi todos trabajadores de la construcción, mujeres de servicios, mucamas, cocineros que salían a esa hora luego de un día largo de trabajo.
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Recordó la videollamada que le había hecho a la esposa en la mañana antes de salir a trabajar. Uno de los niños estaba enfermo. El dinero que le había mandado no servía para nada: los medicamentos no se encontraban en ninguna farmacia. El hombre estoico volvió a mirar sus manos y sobó uno de sus dedos callosos: tendría que trabajar horas extras para sacar a su familia del país, pensó. Dijo la palabra sacar y se sintió como si arrancara un árbol desde la raíz y al final, tal vez, era eso.
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Las noticias que llegaron en el día de su país poblaron el clima de incertidumbres. El presente era una carga muy pesada que ponía linderos a los sueños y zancadillas a las esperanzas. Debo trabajar el doble para traerme a mi familia, dijo en voz alta y los que lograron escucharlo le devolvieron una sonrisa, asintiendo a sus palabras. Luego de eso, el hombre sintió como a pesar del cansancio, todos en el bus se desperezaban de un largo invierno.