Se había escuchado una fuerte discusión en la habitación principal. Gritos, sollozos, silencios se mezclaban para chocar contra los cristales y las paredes de cemento. Cerca de allí una mujer tenía los ojos puestos en la pantalla del televisor, mientras comía y gran parte de la comida caía en el piso y sobre ella.
=xo<0>l<0>ox=
Su mirada, por momentos perdida, parecía estar detenida en el tiempo. Su sonrisa boba aparecía y desaparecía según las imágenes transmitidas. En eso se escuchó un portazo y una mujer, casi de la misma edad de la otra, se puso a su lado, tomó el plato y comenzó a separar la comida en bocados. Con firmeza le dijo que abriera la boca y la mujer de la mirada lánguida accedió. Luego le introdujo un bocado y nuevamente dijo: "Mastica ahora". Y la otra mujer masticó.
=xo<0>l<0>ox=
Con un trapo que tenía en la mano, la mujer limpió los labios de la otra. La miró sonreír con la pantalla y volteó a ver por qué lo hacía: como una niña se ríe por un perro que habla. En ese instante salió un hombre de la habitación y la miró con rabia y rechazo. La mujer le dio la espalda porque no quería seguir peleando. El hombre se puso de frente y ahora habló más suave:
=xo<0>l<0>ox=
_Mírala. Ella ni se dará cuenta que nos fuimos del país y la dejamos en un lugar para enfermos. No hay nada escrito que diga que debes darte cuenta de ella -dijo tratando de convencer a su mujer.
_Tal vez ella no se dé cuenta, pero yo sí sabré que la he dejado. Ella es mi hermana y soy yo la única persona que tiene y no pienso abandonarla. Hay pactos que no necesitan estar firmados, porque están sellados en el alma.