Esa cosa llamada miedo
A la media hora llegó la policía y acordonó todo el lugar. Inmediatamente agarraron por la camisa a un muchacho negro que estaba por ahí y lo pegaron contra la pared. Le dieron un golpe por la cabeza y le preguntaron qué había pasado. El muchacho dijo que él no había hecho nada, que el culpable había sido un catirito que había salido corriendo. Por lo visto los guardias no le creyeron porque volvieron a darle, ahora más fuerte, por la cara y le exigieron que dijera la verdad. El muchacho, casi llorando volvió a repetir: Yo no sé nada, yo no sé nada, yo no fui, pregunten. Los policías, como si el muchacho fuera una pera de boxeo, le dieron hasta romperle el alma, yo creo, porque el muchacho cayó al suelo.
Con el muchacho en el piso, casi muerto, los policías empezaron a decir que eso le pasaba a la gente que no decía la verdad y que no colaboraba con la justicia. Luego, uno de ellos empezó a interrogar a los que estábamos allí para ver si habíamos visto algo. La mayoría se fue alejando antes de que el policía se acercara, pero otros tenían los brazos cruzados y aseguraban no haber visto nada. En ese instante vi que todos los ojos traslucían el temor y di gracias a Dios que la mente no fuera transparente porque hubiesen podido ver mis pensamientos claramente.
Como a los 5 minutos los policías lograron despertar al muchacho y este volvió a gritar, ahora con más fuerza que no había sido él, que había sido el otro. Los policías volvieron a arremeter con toda la furia contra el muchacho, patadas, golpes de frente y al pecho. Aun así, con gritos desesperados que reflejaban angustia, el muchacho siguió diciendo que no era él, que él era inocente. Yo también quería gritarlo, decir lo mismo que el muchacho, pero no sé por qué me quedé paralizado.