El ruido que hace el corazón al romperse
Lo inquietante y preocupante no era que solo habían peleado este mes, también lo habían hecho en todo lo que iba del año. A Martha se le notaba su cansancio, su tristeza, su dejadez, su falta de amor. Él, sin embargo, había asumido un silencio que decía mucho, que hablaba de su incapacidad para resolver los problemas acumulados en aquel matrimonio de 10 años. Su vida matrimonial había caído en un hueco de donde no habían podido sacarlo, cual carro averiado en mitad de la nada con pasajeros cansados y sin mucha fuerza.
Martha lo miró de reojo cuando lo vio llevarse la mano al pecho y darse masajes:
_¿Qué tienes?, preguntó la mujer mirándose en el espejo y untando en su cara la crema blanca bloqueadora.
_Nada –dijo él un poco molesto, pensando en lo hipócrita que podía ser su esposa. Él sabía que ella solo preguntaba para no pasar como la mala del cuento; para echarle en cara, luego, de que ella sí se preocupaba por su pareja; no como él, que nunca se daba cuenta de nada, que no era detallista, que no sabía cuándo ella se cortaba el pelo, cuándo era su aniversario, cuándo le pasaba algo, cuál cosa le molestaba o cuál la hacía feliz. Martha simplemente salió de la habitación con el bolso repleto de crema bloqueadora, toalla, revista, dejando en el aire un: “Estoy lista”; mensaje que en el fondo realmente decía: apúrate, no me hagas esperar, llegaremos tarde. Él terminó de asearse en silencio pensando en lo maravilloso que sería su vida si pudiera irse lejos, dejar todo. Realmente sería muy feliz –pensó en voz alta.
En el carro, todo estuvo en silencio, excepto el momento en el que a él se le ocurrió poner música. Su esposa, malhumorada, apagó el aparato excusándose con un fuerte dolor de cabeza. Él le reclamó de manera airada que por qué si le dolía la cabeza no se habían quedado en casa; ella desde su asiento lo miró fulminante, él sabía de aquella mirada a pesar de sus lentes oscuros, y le dijo apretando los dientes, como en un susurro: "porque necesitaba salir de casa y ver cosas que me alegren la vida". El resto del viaje transcurrió en una tensa calma, sin sobresaltos. Solo el dolor en el pecho hacía que él dejara un poco el volante y frunciera un poco el ceño. Martha se hacía la desentendida.
Cuando llegaron a la playa, los amigos ya estaban allá. Martha sacó la mejor de sus sonrisas. Era impresionante cómo su esposa era capaz de transformar su comportamiento delante de los demás: una mujer llena de sonrisas y atenciones hacia él; una mujer llena de afecto y alegrías; una mujer feliz y amantísima del esposo. Mientras tanto, él la miraba desde lejos y se aprovechaba de su cercanía para abrazarla, darle un beso en la mejilla, hablarle como lo hacía antiguamente. Él pensaba que todo sería diferente si Martha siempre fuese así, si ellos estuvieran siempre rodeados de sus amigos. Le dolió el pecho y de manera ausente se masajeó un poco y movió el brazo. Martha le preguntó con cara de preocupada: ¿Sigues con el dolor en el pecho? Él la vio de frente y le creyó su preocupación, así que le dijo de manera amable: No te preocupes. Debe ser un gas. La besó en la frente y ella rió.
Luego de la comida, Martha se tumbó en la arena a tomar el sol. Él vio cómo todos los amigos se metían al agua. Quiso quedarse un rato en la tumbona y leer un poco, pero empezó a sentir una pesadez en toda la parte izquierda del cuerpo. Su brazo y mano izquierda se entumecieron. Pensó que tal vez no debió haber comido tanto, que tenía una grave indigestión. A pesar del aire fresco de la tarde, sintió calor, un sudor frío le cubrió todo el cuerpo. Se levantó como pudo y caminó hacia el fondo del mar. Mareado y con los latidos del corazón explotándole los oídos, se sumergió. Dentro del agua salada, escuchó el sonido del silencio y en ese instante pensó que así debe ser el sonido que hacen los corazones al romperse.