El origen de los fantasmas
Los pasajeros observamos cómo la ventana del autobús era un espejo de su rostro marchito. Una vida laberíntica, extraviada y convaleciente estaba allí jugando en el fondo de sus pupilas. Uno de los niños le daba un pedazo de pan, mientras el otro estaba pegado de su pecho. No hubo nunca mejor pintura que reflejara el sentido del alimento, ni mejor molde para la estatua guardiana de la desnudez tangible.
Poco a poco nos fuimos bajando, en las diferentes paradas que hacía el autobús a medida que caía la noche. Cada alma que salía por las puertas, volteaba a verla. Ella, con los ojos cerrados se dejaba alimentar por uno, chupar por el otro, pero para los que la mirábamos, parecía estar ya muerta. Ella abría los ojos y por momentos miraba hacia afuera como si una brújula interior le dijera: estamos llegando, falta poco, sigues viva a pesar del diluvio.
Cuando el autobús se estacionó en la última parada, ella bajó tambaleante arreglándose su corta falda. Allí en mitad de la noche, con un niño de la mano y otro pegado al pecho empezó su caminar entre los árboles. Como si todo aquello fuera conocido y pese a que la muerte a esa hora va tocando sonajas, la mujer y sus niños, como otros, caminaban en la incierta oscuridad con mucha calma. Desde lejos la vimos levantando el polvo con sus sandalias, sin volver ningún instante la mirada atrás, la vimos alejarse, con la certeza de haber visto cómo los hombres se convierten en fantasmas.