El olor de la pimienta molida
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La casa era grande, cerca del mar y con una piscina espaciosa. La familia se ubicó inmediatamente en las habitaciones y luego pasaron a la cocina. Allí conocieron a dos mujeres que se encargaban de la limpieza de la casa y la comida. Como si el cuerpo de una de las mujeres fuera un imán, los ojos del joven fueron atraídos hacia él y de repente su propio cuerpo se sintió azotado como un árbol por una gran tormenta. Nunca antes el joven se había percatado de las diferentes ondulaciones y relieves de la figura femenina. Como si hubiese estado en un largo sueño, despertó.
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Cada mañana, desde donde fuera, los ojos inquietos perseguían la desafiante figura de la mujer. Sus pupilas se agradaban y así todo su cuerpo, cuando veía la grácil y ágil figura de la hembra. Ella, que no era una adolescente, percibía el efecto perturbador que provocaba en el joven, es así que sin apresuramiento, desplazaba sus caderas y piernas en un vaivén de olas o de alas.
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La última noche de aquellas vacaciones, el joven intentó acercarse a la mujer quien siempre atareada, saltaba de un lugar a otro. Vencido y resignado, se fue a dormir luego de que los otros lo hicieran. Al llegar a la habitación oscura, pudo ver cómo sobre su cama el cuerpo anhelado, como un paisaje abierto, lo esperaba para ser recorrido.
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De regreso, en el auto, rumbo a la ciudad, todos hablaban gratamente de aquellas vacaciones. Menos el joven, quien callado, mirando hacia la ventana, sonreía, mientras percibía el olor a pimienta molida que aún tenía en las yemas de los dedos y en todo el cuerpo.