El cuerpo agredido salvajemente, humillado en su profundidad, está quieto. Sabe que la inmovilidad es un arma contra el agresor. Lo sabe porque es parte de la rutina. También susurra, creyendo gritar más allá de las paredes: No, no, no. La mano masculina sofoca, tapa y clausura la salida de las palabras, pero su cuerpo y su mente siguen gritando: no, no, no. La boca cerrada, el cuerpo abierto, el cabello en el rostro, tirada en el piso, se pregunta, en ese instante, ante esta consecuente tragedia, dónde está Dios.
El tiempo no pasa en ese instante cuando la boca del victimario aspira en su cuello. Entonces la mujer se imagina en un túnel, ensayando su muerte, como una niña arrinconada, sin pulmón, sin cuerpo, sin corazón. Ella atraviesa enceguecida olvidando el regreso, mientras el monstruo embiste sus bosques y los hace añicos, despojos, arrasando todo a su paso, adentro.
En su oído izquierdo, el hombre babea en un gemido gutural su nombre y se vacía como un epiléptico. La boca es liberada, el cuerpo destrabado, el dolor pegado a la piel. Tirada aún en el piso y en la oscuridad, la mujer cierra los ojos, presintiendo la mañana siguiente: hacerle el desayuno a la hora, llevarle el café a la cama, doblarle las camisas blancas y almidonadas por ella, hacer como si no hubiese pasado nada, cuando mire de frente y tenga que besar a su agresor.