El efecto de las palabras
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Cuando la recién llegada entró a la casa, fue directo a la habitación donde estaba la mujer y el recién nacido. Le dio algunas órdenes al niño y este salió corriendo a la cocina. La mujer tomó al bebé y le dio algo de leche que traía. Luego despertó a la mujer y la hizo comer. El niño, a pesar de su corta edad, ayudaba no solo a sostener al bebé, sino también a lavar los trastes sucios, a acomodar las sábanas y dar medicinas.
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Hubo un momento en el que mujer y bebé debieron ser aseados, y el niño corrió a buscar agua, la calentó y luego la echó en una bañera. Sin necesidad de que la vecina hablara, el niño iba y venía buscando todos los implementos: toallas, alcohol, jabón antiséptico. Incansable, brincaba de aquí para allá, para donde le dijeran. Cayó agua al piso y lo secó inmediatamente, lo mismo ocurrió con los restos de comida que cayeron en la cama.
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Cuando ya en la tarde se fue la vecina, le dejó instrucciones precisas al niño: no abras la puerta, a tal hora le das estos medicamentos. El niño asintió a todo. Luego de cerrar la puerta fue al cuarto de la madre y la encontró despierta. Él salió corriendo y la abrazó. Era su primer gesto de amor después de muchos días. Allí ella lo miró y bajito le dijo: ya no eres un niño, eres todo un hombre. Y el niño le dieron ganas de llorar, pero no lo hizo. Las palabras de la madre ya comenzaban a surtir efecto.