El culpable
E l frío coraje le atraviesa la espalda y erguido, mira hacia abajo. El anciano, pálido, tal vez amarillo, respira fuerte como si el aire le faltara. El hombre parado recuerda haber sido humillado, expuesto a la burla, azotado en frente de todos. El anciano alguna vez fue joven, rudo, de golpes certeros. El cuerpo de él, el de su madre y los de sus hermanos supieron de aquellas manos, recuerda el hombre erguido al lado del anciano. Como garfios, los puños daban en las costillas, en las espaldas, en el rostro, con la excusa de hacer hombres a los que eran hombres y obedientes a las que eran mujeres.
Rememora la última vez que supo de él. Parado en el marco de la puerta, el anciano se veía gigante. Aquellos días eran días sin abrazos, de absoluto silencio: un mundo de púas. Aquellos días, sin canción, supo que jamás sería feliz mientras aquel hombre viviera. También supo que el cuerpo tendría siempre una grieta, que su mundo sería una angosta carretera sin retorno. Pero estaba allí, y aunque esto era lo que él siempre había deseado, la sangre que antes le quemaba las venas al recordar, hoy simplemente estaba helada.
Por un instante, el anciano tiene una lucidez absoluta y mira de frente al hijo. Quiere decirle algo, pero nada dice, nada le sale, se ahoga con las palabras. Tieso el hombre, inconmovible, lo ve balbucear y no le quema el alma. En un susurro, el anciano, dice algo, pronuncia una palabra. Inexpresivo, el hombre no lo escucha solo lo mira dar su último suspiro. Ecuánime llama a la enfermera y sale de la habitación sintiendo que es una sombra, que la grieta sigue y que aún la herida sangra.