Miro el mar tan inmenso e infinito y pienso en nosotros. Siempre quisimos ser el mar y resultamos dos charcos. La vida nos sorprendió queriendo hacer una historia que nunca hicimos, que nunca sucedió pero nos dio por contar a todos. Recuerdo cuando nos conocimos e ignoramos el fracaso pensando que si remábamos, claro que debía funcionar. Y comenzamos a vivir entre las aguas añiles, primero cálidas, luego invernales, abisales: un pozo sin fondo e inevitable.
Miro y recuerdo que tenías el mar en la mirada e ingenua yo que te miré intensamente, aún sin saber nadar. Pero un día amanecí inundada y aprendí a flotar sola, con la angustia de quererme salvar, huir, terminar. Y también tuve ganas de ser valiente y quedarme, ahogarme, apostar a un ojalá. Y las dos yo se enfrentaron, como se enfrentan las olas, inundando las piedras, que las ven saltar. Pobre mar, pobres olas, que sin darse cuenta tocaron el corazón de las piedras y ahora, cuando el mar se aleja, las piedras comienzan a llorar. Tontas piedras que no saben, que con el tiempo, inevitablemente e impúdicamente, el agua del mar las destrozará.
A veces vamos al mar porque queremos escucharlo, pero casi siempre es el mar el que nos escucha a nosotros…