La encontraron por unos matorrales. Estaba sedienta, hambrienta, sucia, herida y descalza. Se había escapado hacía tres días de sus captores y desde ese momento había corrido por aquellos matorrales llenos de piedras y espinas. Como si su cuerpo fuera una pluma, las mujeres la cargaron y la trajeron hasta mi casa.
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Al principio me asusté cuando vi ese pocote de gente entrar por la puerta. Mamá venía con ellos. Desde lejos vi cómo tomaban a la muchacha con cuidado y hacían que reaccionara. Unas manos pasaban por el cabello, otras por la frente, tratando de darle consuelo y reanimarla. La muchacha abrió los ojos y todas las mujeres alzaron la mirada y exclamaron al cielo.
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Sin perderla de vista, le dieron agua para que bebiera, también trajeron alimento. La muchacha parecía un pajarito asustado y enfermo. Mientras comía, largó el llanto y todas las mujeres le brindaron consuelo como una amiga. Se acercaron y guardaron silencio mirando a la muchacha como si fuera una de ellas, una más, una hija.
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Cuando la muchacha intentó pararse, cayó al suelo. Entonces todas miraron sus pies heridos y descalzos e inmediatamente se quitaron, al mismo tiempo, sus zapatos para dárselos. La muchacha aceptó los que estaban más cerca y se los puso, luego comenzó a contar su historia. Ahí, entre un llanto sincero, vi a todas aquellas mujeres descalzas viviendo un mismo sentimiento.