Cumpleaños número 100
Aquella mañana, la mujer estaba cumpliendo sus 100 años. Sus senos abundantes parecían montañas y sus piernas eran tan duras como el acero. Cada mes, un grupo de salud iba a cada casa para someter a las personas a tratamientos donde se les lavaba la sangre para poder limpiarla de cualquier toxicidad. En cuyo caso, si era necesario, eran expuestos a aislamientos extremos y operaciones para erradicar cualquier virus o enfermedad. La mujer perfectamente arreglada se sentó detrás de su computador para iniciar sus labores diarias. Desde la última pandemia, el gobierno había decidido que las personas no salieran de sus casas. Nadie recordaba lo que era un abrazo, un beso, una caricia. Pero qué importaba eso cuando puedes vivir más de 100 años, era parte del eslogan del gobierno de aquel país.
Puntualmente, a las 6 de la tarde, la computadora se apagó. La mujer fue a la cocina perfectamente pulcra, bella, y tomó las pastillas del día: 24 para ser precisos, una para nutrir cada hora. Luego tomó los ocho vasos de agua permitidos y se sentó en el sofá mullido y limpio que estaba frente al espejo. En la vastedad de la noche y de la sala, la mujer, frente al espejo, se sentó a esperar. Estaba cumpliendo cien años y parecía de treinta, tenía trabajo, estaba sana, dinero en las cuentas, entonces por qué la imagen que reflejaba aquel espejo no era de felicidad.
No hubo torta, ni regalos, ni feliz cumpleaños por sus cien aspirados años. Y la mujer sentada en el sofá, mirándose de frente, piensa: ¿puede la vida parecerse a la muerte? En eso se hicieron las once y en todo el país cayó la oscuridad.