Contranatura
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No era extraño que la madre se despertara en la madrugada y encontrara a Marys vagando por toda la casa, desnuda, despeinada, o la encontrara en una esquina de la habitación, sentada encima de sus suciedades, llorando. Paciente siempre, la madre la tomaba con cuidado, como con miedo de romperla, y la llevaba al baño donde procedía a restregarle la débil piel escamosa con un trapo y jabón.
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Desde el día de la tragedia, la madre entendió que debía darse cuenta de Marys. Así que se encerró en la casa con su hija y empezó a hacer cada día y en cada segundo, labores del hogar: lavaba, planchaba, cocinaba, limpiaba, todo con tal de mantener la mente ocupada, de no dejar que su mente volara más allá de las paredes de la casa. Al principio fue difícil, pero luego se acostumbró a hacerle todo a la hija como si volviera a ser ésta una niña, incluso le daba la comida a su hija, quien, a pesar de tener movilidad en las manos, estaba negada a comer. Era como si después de la tragedia, las ganas de vivir se hubiesen ido.
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Un día, mientras la madre dormía, Marys dio su último suspiro. Cuando la madre despertó, la encontró como un pajarito tieso en su nido. Entonces, la madre tomó el cuerpo de su hija grande en sus brazos y la arrulló con una canción de cuna. En ese momento también quiso morir y fue cuando entendió a su hija: los hijos, jamás, deberían morir antes que los padres.