Canción de cuna
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Los objetos completos dan muestra de ninguna venta. La mujer mira al cielo quejándose tal vez de la sequía. El hambre es una fábrica de muerte, por lo que debe buscar la forma de conseguir alimentos. Grita ahora la mujer con más énfasis, tratando de sobresalir ante una civilización demencial, pero solo logra que la voz caiga en un bullicio que se hace interminable. Precios, ofertas, rebajas, son palabras maquilladas para que suenen diferentes. Al final es el hambre el que clama, el que crea la confusión y el desorden.
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El azul que fue esperanza, ha desaparecido y le ha da paso a una oscuridad que hace que las calles se vuelvan vacías y amenazantes. Los pocos transeúntes son sordos a las súplicas de los vendedores, quienes como ahogados hacen sus últimos intentos para sobrevivir. Marchitos y doblegados, con las manos vacías, van recogiendo las cosas y las van metiendo en una caja de cartón que les sirve de maleta y coraza. A esa hora de la noche, comienza la nueva función de las calles y hacen su aparición los nuevos personajes: indigentes, locos, prostitutas…
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Solo la mujer se queda quieta sobre la sábana que fue mesa para los objetos y que ahora sirve para estar. Los gritos de antes son un eco olvidado y el niño en brazos despierta y comienza a llorar. La voz de la mujer se hace suave, como un murmullo, y bajito comienza a cantar, mientras pega al niño de su pecho, que hambriento la comienza a vaciar: Duérmete, niño, duérmete ya, que viene el coco y te va llevar, dice la mujer y como la luz de una vela, en mitad de la noche, se comienza a apagar.