El hombre estacionó su volkswagen viejo a la orilla de la carretera. Había una estación de gasolina y una tienda. Antes de bajarse, vio a cada lado de la vía y no había nadie: el lugar parecía estar desolado. Así que se bajó rápidamente, tiró el cuchillo en una alcantarilla y se fue luego al baño que estaba en la parte de atrás del recinto.
=x:x0x:x=
Efectivamente, tampoco había un alma en aquel baño mal oliente. Allí se quitó la chaqueta que llevaba y la metió en una bolsa, también los guantes y las botas. Mientras se lavaba las manos se miró al espejo empañado y sucio: Jacinto no le había dado otra salida: era su vida o la de él. Por eso tuvo que matarlo, aunque para ser sincero, al principio se sintió arrepentido y hasta triste.
=x:x0x:x=
El problema fueron los otros, los que lo vieron. Primero fue la muchacha de servicio que lo encontró cuando se deshacía del cuerpo de Jacinto. No tuvo otra salida. Como tampoco podía dejar vivo a Andrés, su vecino, porque este vio cuando cuidadosamente sacaba en un saco de lavandería el cuerpo de la chica. Sin arrepentimiento se miró al espejo y se dijo: "No podían quedar cabos sueltos".
=x:x0x:x=
Entonces el hombre se lava muy bien las manos, agarra la bolsa con las prendas de vestir que botará en un acantilado. Se monta nuevamente en su volkswagen y vuelve a mirar hacia todos lados. Se percata que alguien está en la ventana de la tienda y lo mira fijamente. El hombre apaga el auto y se baja, mientras piensa: "No pueden quedar cabos sueltos".