A la sombra de Dorian Gray
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Desde cuándo sus cabellos se habían puesto todos blancos? Se preguntó y no encontró respuesta. Sus ojos críticos se detuvieron en la piel flácida del cuello y los brazos. Arrugó el entrecejo y con esa expresión afloraron todas las líneas marcadas de su cara: no hay ley que detenga a las arrugas y el rostro es una zona peatonal por donde pasan los años.
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Miró su cuerpo, que aunque delgado, asomaba ya un conato de panza. Delgados brazos y delgadas piernas, madera fuerte que al andar cruje y ya era alimento para las polillas. Sin duda, el tiempo es un ácido que destruye, pensó, y con los años, algunos excesos se acumulan. Frente al espejo recordó la época en la que fue signo de admiración, espectador de primera fila. Ahora, si acaso, era una vocal en minúscula.
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Agotado de su ojo crítico, el hombre desea romper todos los espejos y detener los relojes del mundo. Se acuesta en su cama, solo, y mira la foto de él, joven, en la mesita de noche. El que está allí, ya no es. Aquel que sonríe no existe y no volverá. Es un hombre humillado por una gran verdad y que muy tarde conocemos: la juventud tiene fecha de vencimiento.