Entregaron el examen corregido. De veinte puntos sólo tenía dos… Sentí una rabia fría. Apunté con cuidado a la frente del profesor que nos sermoneaba; seguro debería cursar su materia de nuevo. Mi dedo índice era el cañón, mi pulgar el percutor que se levantaba, apreté el gatillo y saboreando cada micro-segundo disparé. El profesor que se había fijado en mí, reprobándome de nuevo, cayó fulminado en el acto. Miré a todos lados, la clase no había tenido tiempo de ver a quién miraba el docente. Todas las miradas estaban clavadas en el profe y en quienes intentaban auxiliarlo inútilmente. Todas menos una: Raquel, mi enconada enemiga de la tercera fila me había visto disparar. Levanté el dedo índice, pero salió corriendo asustada sin darme tiempo para su asesinato. Fui a juicio. Balística determinó que era imposible encontrar la bala de un disparo imaginario. A falta de pruebas me dejaron libre.
Tomado de mis publicaciones en el blog:
https://solo50.wordpress.com/2011/09/22/impunidad/