Modorra
Arrastraba conmigo la modorra de dimensiones incalculables. Dejada por un botellón añejo de vino sangrío el cual hallé oculto en una olvidada caja de ofrendas. Mientras encaramado, en la recámara consignada al camilo ayudante, estuve yo chequeando los troncos maderos que sirven de solapa al domo del techo, así fue, como ocurrió el magistral hallazgo de la garrafa. La cual prometía ser elixir sánscrito con el que rompería la monotonía de mi oficio, sumergido en el oscuro placer del licor. El mismo licor que añadiría también, la neuralgia achacosa que ahora siento y me hace oler a pestilente rancio. Al principio, cumpliendo la guardia de control, hube advertido la presencia de un mapache en la cornisa de canto. Chapitel superior, ubicado junto a la escalera de cascajos y laja real. Aquella que era solo de uso exclusivo del capellán a su ingreso en la sala de devociones. Una vez, subido al ático, a la luz del farol, descubrí la madriguera de mapache en un rincón del depósito. Entonces siendo las primeras horas de la madrugada y no teniendo novedad alguna que reportar, decidí pausarme en aquel lóbrego escondrijo, atraído por la opacidad del ambiente y los objetos vintage que al momento descubrí.
Por supuesto, en compañía de un sifón de roble contentivo del frasco con el fermento. El cual aun estando por la mitad, equivalía a varios litros del líquido pecaminoso con el cual pretendía calmar mi sed y hacer volar mi pensamiento pagano. Sin advertir, que también propiciaría esa hincada característica en el globo ocular, que me mantiene tirado en la cama y pareciera que iba hacerme estallar los ojos en cualquier momento ante la exposición foto lumínica. Para aquel entonces, trabajaba yo, en un presbiterio anglicano situado en la jurisdicción de mi pueblo natal. Era el cuidador ordinario del recinto eclesiástico donde me encargaba de hacer rondas nocturnas de vigilancia. El viejo santuario, fue dejado por una misión evangelista que fundó la primera comarca, a razón del año, mil seiscientos veintiocho. Era mi pueblo, un pequeño lugar apartado de la civilización donde la gente vivía una vida tranquila, por demás, reservada y obtusa. Casi hermética, haciendo gala de sus extrañas costumbres y una marcada confusión ortodoxa. Asimismo, vale decir, que eran pocas las maneras honradas de ganarse la vida en aquel lugar apartado, siendo el raro oficio que yo desempeñaba, uno de los más honorables empleos que se pudiera conseguir.
Aún, con el sopor transpirado, saliendo de mí, producto de mi refriega con el vino. Recuerdo claramente, como llamado por la curiosidad, me dispuse a detallar cuidadosamente todo lo que había almacenado en aquel cobertizo. Pergaminos dibujados, a tinta de pluma, sobre papiros de cera, lucían algo de cartografía antigua y planos estructurales de una iglesia medieval. En una pequeña mesa oval con revestimiento granitado colocada con un taburete de piel junto a la ventana, encontré un extraño artefacto con mecanismo cilíndrico, pernos y engranes, el cual, por su cubierta de óxido verdoso y una serie de inusitadas escoriaciones hechas sobre el metal, el cual aparentaba ser bronce. ¡Si no estaba yo equivocado!, se trataba de un Astrolabio, aparato de navegación usado para estudiar las estrellas y ubicar su posicionamiento en el cielo. Adicionalmente, vi algunas vestimentas litúrgicas colgadas en un garfio, otra garrafa de vino para la eucaristía, una cesta de recolecta con algunas monedas de plata contenidas dentro y varios tomos escritos, que a juzgar por la contraportada con clásicas figuras de escapulario, correspondían a algún tipo de literatura dogmática. ¡Fue justo en la mesa de granito! y el taburete, donde pasadas las doce de la noche, me senté a beber de a pico, la garrafa de vino sánscrito.
Me dediqué a leer un vademécum de mil quinientas páginas, cuyo contenido era alusivo a la reforma protestante. Textos luteranos separatistas, los cuales ilustraban la lucha por la conformación del movimiento y su disgregación por el mundo entero partiendo de su cuna en la Inglaterra del siglo XVI. También, leí la historia de como la iglesia anglicana se separó de la iglesia católica... en la denominada emancipación papal.
¡Así pasé toda la noche!, leyendo textos para santificación y al mismo tiempo embriagándome, como un buen creyente, obvio, creyente del alcohol. ¡A estas alturas de mi velada en solitario!, sentado en la mesa oval a la tenue luz de un candilejo. Ya me había acabado toda la garrafa de añil fermento y mi espíritu estaba lo suficientemente avivado como para no entender nada de lo que estaba leyendo. ¡Doy gracias al cielo! y al alcohol, porque luego, las espaciadas lagunas mentales que me produjera el maldito vino tinto, me harían olvidar, al marco de la modorra, todo aquel contenido persuasivo que había leído.
Fue así, cuando de pronto escuché extraños sonidos provenientes de la planta baja. Y recapitulando en mis funciones como centinela de la estancia, me dí cuenta que no podía yo con mi alma. Solo logré escuchar un lejano reflejo de las voces que venían de abajo, las cuales me hicieron entender, que eran el capellán y el monaguillo. Habían llegado para ofrecer los oficios matutinos. ¡A fin de cuentas!, si se trataba de ellos o no, si se trató de algún intruso u otro mapache, a mí, que diablos me importaba. Entonces, supe que estaba pronto a amanecer y en mi estado de absoluta embriaguez, el cual no me permitía pensar, el cual me había hecho perder la noción de tiempo y espacio. ¡Me atrevería a decir!, que tampoco quedaba en mi mente, tan siquiera, la indispensable habilidad numérica suficiente como para contar los escalones de la escalera externa, la cual no me dignaría nunca a bajar por temor a caer de fauces...
¡Tomé la decisión más importante de mi vida!, la decisión más sabia que se le pueda ocurrir a un infeliz e imperdonable pecador borracho. Estando ciego, atiborrado de licor, hice caso omiso a la apertura de las puertas de la iglesia y fui por el segundo botellón de vino sacramento, lo empiné, esgrimiendo la más profunda liba. Luego en silencio, me arrastré como pude hasta la esquina más oscura, apagué la bujía de la farola, me arropé con uno de los cartogramas antiguos y me abracé la garrafa, quedándome dormido finalmente al lado de los mapaches.
FIN