A qué solemos llamar "cotidiano". Lo que vemos todos los días pero nos parece tan común que no valoramos su belleza. Fotografías instantáneas tomadas.
Te lo cuento como me lo digo a mí mismo cuando me descubro distraído: hay una palabra que usamos para no mirar. Le decimos «cotidiano» a la luz que entra por la ventana, al café que humea, a la voz que nos llama por el nombre, al abrazo que no cobra entrada. Le decimos «normal» y, sin darnos cuenta, le bajamos el telón a un milagro repetido.
Yo también he sido culpable. El ser humano suele ser un coleccionista de ausencias: solo valora lo que tuvo cuando ya no lo tiene.
La luz entra por la ventana
y no le digo buenos días;
el café humea en la taza
y yo miro la hora.
Así se me escapa la vida:
en cosas pequeñas que no miro
porque creo que siempre estarán.
Nos pasa a todos. Nos acostumbramos al techo que aguanta la lluvia, al plato servido, al mensaje que dice «llegué bien». Y cuando falta, el mundo se vuelve un cuarto sin muebles. Entonces entendemos, tarde, que la belleza no siempre grita: a veces susurra en una toalla tendida al sol, en un «¿ya comiste?», en el ruido de fondo de una casa habitada.
Hay manos que nos sirven el pan
y una voz que nos llama por el nombre;
hay un techo que aguanta la lluvia
y un abrazo que no cobra entrada.
Todo eso es lo que tenemos,
y a veces lo cambiamos por ruido.
Yo también he cambiado lo que tengo por ruido. He dejado pasar fotografías instantáneas tomadas con los ojos del alma: ese instante en que alguien se ríe con la boca llena, la tarde que no volverá, la calle mojada que parecía una pintura. No las revelamos. Las guardamos en esa carpeta invisible que se llama «mañana», y el mañana a veces no llega.
Ojalá aprendamos a mirar antes de que la vida nos cambie el encuadre. Porque el cotidiano no es lo común: es el milagro repetido que nos hace la vida sin pedir aplausos. Y estas son mis fotografías instantáneas tomadas: el café, la luz, tus manos, la voz que me llama. Todo lo que tengo. Todo lo que, a veces, todavía no sé valorar.