¿LA MODA INCOMODA?
Cuando una mujer decide arreglarse un poco, al notar algunas arrugas y canas, lo primero que hace es ponerse en las manos de un profesional, quien determina que necesita rebajar unos cuantos kilos. No hemos podido explicarnos que tiene que ver la flacura con la belleza. Para eso, la somete a dietas extenuantes, que la dejan sin fuerzas. Quedan condenadas a comer pura ensalada sin aderezo hasta lograr el máximo de flacura posible.
Para lograr que los huesos queden bien a la vista también debe concurrir a esos antros espeluznantes conocidos como gimnasios, donde, sin piedad ninguna, la obligan a bailar, saltar, brincar, retorcerse, transpirar, sola o ayudada por unos aparatos que dejarían para torturar a sus prisioneros, hasta lograr que suelte la poca grasa que le tapa el esqueleto.
También debe asistir regularmente a esos vestíbulos del infierno llamados saunas o "baños turcos", donde se suda más que de galeras.
Una vez en el "Ateller", la estilista la somete a curas de belleza, las cuales incluyen arrancar todos los pelos del cuerpo, bien uno a uno, con unas pinzas o por el método más doloroso que imaginarse pueda: le colocan cera caliente en la zona peluda y esperan que enfríe, halándola entonces con toda saña, lenta, muy lentamente para prolongar la tortura y hacer todavía más doloroso el tratamiento. Se le emplasta la cara con máscaras y que de belleza, las cuales parecen de barro, azufre, frutas podridas y la mayoría de las veces no sólo lo parecen sino que lo son. Hemos conocido damas tan finas y elegantes que comen perros calientes con cuchillo y tenedor y les da asco acariciar a un perrito y, sin embargo, se dejan llenar el pelo de aguacates podridos y barro extraído de fuentes termales que huelen a huevos pochos.
En la sala de masajes, acuestan a la infeliz en una camilla muy parecida a la que usan los médicos y allí una forzuda masajista, con toda la fuerza de que es capaz, le retuerce y amasa todos los músculos, ya debilitados por el hambre de las dietas, el esfuerzo de la gimnasia y la deshidratación del sauna.
Una vez satisfechos los instintos sádicos de la masajista, debe arrastrarse, si aún tiene fuerzas, digo, pasar a la peluquería, donde también le arreglan las uñas de manos y pies, arrancándoles los pellejitos con pinzas especiales que a veces se llevan, con el cuerito, un buen pedazo de carne. Luego le recubren las uñas con pintura. Todo esto mientras le hacen tantos horrores en el pelo en el pelo que son difíciles de describir. Lo embadurnan de cremas para alisar o para encrespar, lo cortan, lo pintan, a veces hasta de varios colores a la vez, según el ultimo capricho de la moda. En fin, la lista de las perrerías que puede hacer un peluquero es interminable.
De las torturas de la peluquería la más obvia es, quizás, cuando le llenan de rulos la cabeza y se la meten en una especie de casco marciano que produce un intenso calor. Sospechamos que es para cocinarle los sesos y, dejándola idiota, vuelva por otro "tratamiento". Esta tortura debe padecerse hasta que al estilista le de la gana de suspender el tormento.
Una vez resistido todo esto (si es que el cuerpo aguanta), la mujer puede considerarse a la moda y, muy ufana, se reintegra a su trabajo. Este trabajo puede ser tanto o más extenuante que el de cualquier hombre, pero, a diferencia de sus compañeros que visten cómodos zapatos de tacón bajo, ella debe encaramarse en altos y antinaturales tacones que le producen prolapsos, desviaciones de columna y dolores de espalda.
Además, debe usar sostenes y apretadas fajas que le cortan la respiración: utilizar un maquillaje que no le permite ni siquiera secarse el sudor de la frente, sudor que le permite ganarse honradamente la vida; debe cargase de pulseras, collares, zarcillos, broches y sortijas que, además de la incomodidad de llevarlos, son un peligro para la vida, por aquello de los asaltos. En Cambio, los hombres visten amplios pantalones, y cuando mucho, corbata y saco de frescas telas y, si acaso, un reloj de pulsera y el anillo de casado.
Por supuesto, todos estos gastos extras deben salir de un salario igual o inferior al de los varones.
De Negarse a seguir estos lineamientos, la mujer baja de categoría. Todos la consideran una "chancletuda", así ostente un "Summa Cum Laudem" de la Universidad de Harvard.
Lo más extraño es que ninguna mujer deja de someterse a esto y se conforma con este estado de cosas sin siquiera protestar. Debe ser algún complejo masoquista que existe en el sexo femenino.