Fuente: propia
Llego a casa y Martina no está. Era muy extraño, porque ella siempre llega antes que yo. Ella a las dos y media y yo sobre las tres y media. Me siento en el sofá del salón. El día ha sido duro, no he parado de contestar al maldito teléfono y no resolver ningún asunto. Una pérdida de tiempo total y absoluta.
Necesito dormir un poco, pero antes tengo que ducharme. Me meto en la ducha después de desvestirme. El agua está genial. El verano tiene ese punto de comodidad; el agua sale a la temperatura perfecta; ni muy fría ni muy caliente. Después de la ducha, me pongo el pijama y me preparo algo para comer. Martina sigue sin dar señales de vida. Es muy extraño.
Al terminar de comer, me voy a mi habitación, bajo las persianas, enciendo la luz de mi mesilla de noche y me meto en la cama. Busco el libro que llevo unos días leyendo, pero no lo encuentro. Me levanto para buscarlo y lo veo encima de la cómoda. Al ir a cogerlo, veo unas gafas que no reconozco, con una montura azul petróleo. Me las pongo y me las quito al instante porque me producen mareo. Muchas dioptrías. Las gafas no son mías ni de Martina.
Mi mujer me debe una explicación.
