En la pasibilidad de la aurora sentados frente de la mesa de madera del comedor, toman café cerrero; se miran entre sí con las palabras ahogadas en las tazas de café negro, observan el alba asomarse entre las hendijas de la puerta del patio.
Despues de un corto silencio, la breve y sutil polémica termina en susurros con una decisión radical:
---Carmen mija, se va para Barranquilla…, allá estudiando se olvida de esas carreras de caballos y de andar metido en Pisabarro.
---Así es mijo… tú tienes razón, pero entiende que él es un muchacho pueblerino. ---Dice la joven esposa alejando casi a suplicas.
---Mija allá con nuevas amistades se olvida de esos playones pelaos. –Arenga Manrique con una leve expresión de conformidad.
---Ay Manrry, a mi lo que me preocupa es que va a pasar trabajo, tu sabes que él es comelón. ---Confiesa la madre al tiempo que abre sus vivaces ojos negros y retrae las comisuras de sus labios dejando entrever una sutil y nostálgica sonrisa.
---No te preocupes mija que él va es a estudiar, no para el ejército. ---concluye Manrique al tiempo que toma un sorbo de café humeante.
El segundo lunes de febrero, mientras espera el bus sentado en una mecedora de mimbre, el Kike saluda a uno de sus paisanos que impremeditadamente pasa por el frente de la vivienda materna, ---Compa, compa Fidel, cuando venga voy por allá--- Grita nostálgico, espera el bus que lo llevaría a la capital del caribe, rato después con un morral en la mano derecha se sube al vehículo de pasajeros.
La Piragua, viene atestada de gentes y de todo lo que se produce en la región: cajas de queso, cosechas de yuca, ahuyama, mango, papaya, patilla, melón, animales domésticos y toda clase de chécheres.
Después de acomodarse en una silla, recuesta la sien en la ventana de cristal, mientras la brisa le acaricia su rostro trigueño, nostálgico al ritmo del viaje por la carretera oriental y con los ojos cerrados recorre mentalmente las calles y callejones de su pueblo natal.
---Adiós mi pueblo. ---Espesas lágrima le humedecen sus medianos ojos negros.
El estudiante de espigada estatura, nariz fileña y cabellos lacios, aún no ha llegado a la Puerta de Oro y ya extraña a sus gentes; convincente piensa en buscar una buena excusa, apropiada para regresar muy pronto a las fiestas patronales.
Mientras el transporte público se acerca a la capital, el joven provinciano con el corazón estrujado por la nostalgia, recuerda las carreras de caballos en las calles de la Pica, remembra aquellas mañanitas cuando solía ir a galope en su caballo colorado a la finca de su abuelo Ángel.
Recuerda las parranditas a escondidas, alcahueteadas por sus amigos Fidel Ocampo, Gilbe Fonseca y Gaspar Tejeda, con la compincheria de los cantineros de la Pica: El Babillo y Sánchez.
En su mente atribulada por la añoranza, imagina la despensa materna donde nunca le ha faltado nada, con resignación alcanza a esbozar entre dientes una expresión de rebeldía.
---Joda que vaina, venirme a pasar filo por acá.
Tres semanas después de estar en la ciudad caribeña, con suspicacia y jocosidades logra asociarse con algunos compañeros del colegio, entre ellos muchos provincianos de la región. Por su carisma y buen humor, al poco tiempo ya goza de buen aprecio en el salón de clases; pero la nostalgia por los gustos pueblerino hacia que le reviniera la añoranza torturandole el estómago.
--Joda primo, aqui es puro pan, lo que más deseo es un desayuno con yuca, queso y una totuma de leche cuajá en el rancho de mi abuelo.
Le confesaba con frecuencia a sus compañeros de colegio, sus amigos al verle los deseos reprimidos y tan desaforados, le indicaron que en la plaza de San Nicolás, en todo el frente de la iglesia, había una venta de chorizos con bollo limpio. Era lo más absecible a un presupuesto estudiantil.
El Kike de inmediato pensó, ---ahí está la solución, marica el que se deja morir de hambre---.
El día domingo sin perder tiempo y pensando en lo extenso que es un fin de semana en la ciudad para los estudiantes de provincia, se trasladó a la plaza de San Nicolás en busca del apetecido embutido criollo.
Años después recordaría aquella ecdótica vivencia de estudiante, y la narraría a cada momento entre chistes, en medio de las eufóricas parrandas, las chuscadas del Kike, deleitando la concurrencia que lo asediaba para escuchar sus graciosas anécdotas.
---Joda primo, yo llegue a la plaza de la iglesia San Nicolás y vi al tipo vendiendo los chorizos, enseguida me le acerque y le dije con discreción: --primo un choricito y me lo da con todo.
–Vea primo, mientras ese tipo picaba el bollo, le echaba el limón, la salsa y el suero, joda con el solo aroma la boca se me hacía baba, pero trate de controlarme, porque ¡aja!... el viejo le decía a uno, que siempre hay que ser prudente…. Joda primo mientras esperaba, escuchaba a mis espaldas el murmuro de algunos que decían, ---Pa joder a los pringaditos estos---, primo yo ni entendía lo que querían decir.
Mientras narra su propia historia con explicitud y entusiasmo, se oyen canciones de los Zuleta con el volumen moderado, la concurrencia anonadada escucha en silencio la magia como se expresa el narrador.
--- Joda primo, el tipo me entregó el platico, y cuando me iba a tirar el primer bocado levante la mirada, de inmediato vi a un campero que venía directo hacia donde yo estaba.
---- Enseguida con disimulo puse el plato en la mesa y me las tire de loco; me dio pena que el paisano me viera y de pronto iba a venir al pueblo a contar que uno andaba comiendo choricitos de mala muerte.
---Joda primo, el cliente era Navarrito, cuando me vio se me acercó y me pregunto:
---Aja primo por aquí?... yo le dije, ¡por aquí Primo que vine a averiguar unas vainas al viejo! Entonces él me contestó.
--- ¡Joda primo, yo vine con mi novia a comerme un choricito de estos, porque aquí en Quilla los domingos no cocinan!
Después de la narración mostraba fingidos gestos de nostalgias, se tomaba un sorbo de cerveza; mientras escuchaba las risas de los asistentes que alardeaban por su jocosa historia, se reía de sus propias ocurrencias y confesaba entre carcajadas con su
irredimible acento campocrucense.
---Hombe primo, casi que se me salen las lágrimas, con amargura veía mi choricito en la mesa sin poder cogerlo.
El Kike fue un personaje con una carismática cualidad de buen contador de chistes, solía amenizar las parrandas distinguiéndose por la gracia y el natural encanto de su buena narrativa que al final terminaba siempre, robándonos una sonrisa.