Polvos de sedimentos
caen desde un precipicio que se desconcha.
Presencio
el lento acto suicida del techo de mi habitación
que llena al vacío de sus pellejos
durante cada madrugada.
Miro hacia el techo
que se erosiona junto conmigo,
que va perdiendo parte de sí al igual que yo
y que cada noche charla con una ceñuda mirada
que perdida divaga sentires, decisiones, errores.
Las truhanas escamas
se nos arrancan de la piel sin dolor físico;
el padecimiento es mental,
el letargo punza el alma,
la soledad arde en llamas
cuando se sofoca el bombillo
y mientras más silencio habita a mi alrededor
son más las voces que perturban
a mi intelecto.
Pero no solo
el ADN de mi cuerpo y del cemento
componen el desfile de las partículas;
el aire también está vestido de ti,
de ti que comprimiste una gran distancia
en la breve cercanía de un común edredón,
mas ahora solamente degusto de tu cuerpo
cuando expectante somnoliente e inmóvil,
abro mis manos para coleccionar
aquellas truhanas escamas
en las que aún se revuelcan
nuestras pieles.