Y crees que sí, pero no,
no se parece el apetito
a la ansiedad, nunca
es igual comer
que alimentarse,
ni es lo mismo
quedar con hambre
que padecerla.
Cazar comida,
pescar residuos,
sacarle oro proteico
a los desperdicios
que terminaron anteayer
oxidándose entre fierros
que tienen ausencia de platos,
manteles o cubiertos...
mas decubierto
llevas el mal provecho
que se esconde al fondo
como un gran banquete
imposible de elegir.
De pronto...
te das cuenta
de que, a veces,
te quejas
porque pruebas
y no puedes repetir,
pero no es lo mismo
saborear que engullir,
darse un gusto,
que degustar
y atragantarte
lo único que hay
en las bolsas
ajenas de plásticos
que vencen y expiran
de aromas y texturas.
¿Realmente lo entiendes?
¿Ahora lo ves? Y si no,
cena recordando en silencio
que otros buscan la fortuna
que rechazas en tu plato,
cuando cansado, quizás,
displaces un sabor que te aburre,
pero que sería suculencia
para aquellos que gritan
súplicas de un mejor alimento
que el que disputan
con las moscas y con otros
que ya merodearon la alacena
donde todos tiramos
la basura.
Grita agradecimiento
cuando la arepa no tenga
mantequilla, cuando el arroz
quede sin sabor o si la pasta
terminó dura, porque más dura
es la vida de quienes
saben que con hambre se comen
insípidos basurales
donde sacian, como sea,
la única opción de su apetito.
Hace tiempo había querido hacer este escrito, es un crítica social y que, sobre todo, me hago a mí mismo. Para nadie es un secreto lo caro y monótono que se ha vuelto llevar un plato de comida a la mesa para los venezolanos.
En estos días dejé una arepa porque por muchos días seguidos estuve comiéndola como cena y desayuno, también me pasó con unos granos. Sentí frustración por comer siempre lo mismo. Al rato terminé degustándolas con agradecimiento al pensar en esto que les narro en el poema. Luego, recordé estas fotos que tomé en Caracas de dos personas distintas buscando comida entre la basura y finalmente hoy uní todo para escribir esta poesía.
Las tomé con mi Samsung S6