Asciendo, poca obvia visibilidad de cercana alegría, veo la cima de la negra montaña. El camino luce opaco de fulgor, pero un estruendo prepara a las nubes para su haz luminoso, nimbos de crecimiento vertical se entremezclan en un cielo turbio que perdió el azul y el color está tan extraviado como tú o como yo, como tu nombre que dejó de estar presente en el vacío.
El camino luce funesto, incómodo, doloroso. El trayecto a la cúspide se ve de principio a fin y también veo, en mi mente, mi final y mi comienzo. Son los recuerdos los que me dan la estocada, cuando arriba con arritmia la faz de tu rostro y es imposible no comparar este azabache transitar con el de tus turbias pupilas, que eran tan negras que en ellas siempre me reflejaba.
Llevo los zapatos rasgados, el corazón roto, llagas en los pies, somnolencia en las mariposas de mi estómago; la mezcla me hace padecer amargos letargos con cada pisada que procura el descanso, pero si me detengo no le veré la verdadera cara a la felicidad.
Así de oscuro es el amor no correspondido, así es la miseria de quien se enamora solo, es entonces cuando, en ese camino lleno de indiferencia, se vuelve obvio a la vista que sufres solo, tropiezas con la piedra que ves a lo lejos, que pretendes evitar y contra la que estrellas los dedos, llega el dolor previsto ante la clara ausencia de reciprocidad cuando todo lo demás está atezado por las tinieblas.
Lucho por coexistir con el final de aquella ruta que transito como fantasma. Voy sediento de paz, extenuado de dolores del alma, roto por dentro, consumido con otro adiós, pero aun así debo concluir, porque sé que ver mi pasado cuando pise la cumbre, me permitirá volver a observar el azul con el que empezó la ilusión de este horizonte.
| Foto tomada en San Antonio de Los Altos, estado Miranda, Venezuela |
| Edición Adobe Lightroom |
Iso: 800 | F/ 4,5 | 1/125