Nunca antes en mi vida tuve que ser tan valiente y estar tan cuerdo para planificar algo -léase llorar, sí, llorar- mientras me sentía más vulnerable y roto. ¿Alguna vez pensaste que tendrías que planificar drenar tus lágrimas porque no te convenía llorar, sino aguantar como mero macho a que estuvieses bien para poder gimotear?
Yo sinceramente jamás lo creí posible, pero me está ocurriendo. No pude imaginar que, alguna vez, como esta vez, estaría envuelto en una situación tan complicada sentimentalmente, donde no tendría oportunidad de llorar, teniendo todas las ganas y excusas permitidas para hacerlo.
No sé que decir, excepto que la vida es muy insospechada y fugaz, que las cosas nos suceden y nos las advierten, pero no siempre somos capaces o audaces para adaptarnos a lo que vemos, porque es obvio, mucho menos a lo que no comprendemos arropar con nuestro intelecto. Parece ficción y no lo es, no puedo llorar aún.
Llorar por la pérdida de mi mamá parecía simple, incluso, una buena idea, sin embargo, esta vez, no lo es. Lo cierto es que por muy necesario que sea, es un método terrible para mí en estos momentos, así que por más que lo anhelo, lo freno; por más que lo necesito, requiero postergarlo por mi bien hasta que pueda, literalmente, perder el aliento y la respiración sin que sea peligroso para mí.
Y claro que se me ha colado algún rocío en los ojos y también se han escurrido pocas lágrimas por el nudo de mi garganta seca de una aceptación, he vacilado ante mi propia pugna de no llorar, eso ha ocurrido para no extraviar la fuerza que necesito para respirar sin que eso sea algo peligroso, porque quiero estar fuerte y apto para llorar cuando no tenga clemencia con ninguna atadura que me limite gritar y hacer ruido.
No he sido valiente, solo he sido consecuente con lo demanda este presente tan áspero.
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