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Nacer es una cosa aleatoria. No es algo mágico, ni digno de protección ni nada parecido. Es una consecuencia del instinto, propio de la pasión de dos seres sexuales llevados al engaño por sus imperativos biológicos.
En el caso de los asexuales y vuelaesporas, el proceso es aún menos emocionante.
Al cabo de un tiempo, días, semanas o meses, llegan al mundo los sucesores de la especie. Comienza la lucha por la vida, esa lotería en la que jugamos todos sin que ninguno saque número. Hay quienes piensan que pintan algo: y caminan engallados con el pecho palomo. Sin embargo, el ajedrez de la existencia solo reparte un tipo de fichas.
Y todos son peones.
Nacer es recorrer un camino hacia la muerte. Igual que un río, indiferente y vacío, recorre un camino hacia la desembocadura en el mar.A veces va seco, otras turbio y otras con residuos tóxicos. Pero el caso, es que al agua y su caudal le da lo mismo ocho que ochenta.
Y ninguna otra cosa puede hacer.
Así que el nacimiento lleva a la muerte, con un polvo satisfactorio-o no-de por medio, y una siempre erótica enfermedad incapacitante. En la experiencia humana, la civilización nos ha hecho el regalo del trabajo, dádiva cargada de venenos variados que nos permite partirnos los huesos de la espalda.
Un rincón para realizarnos. Construir un estatus y competir. Una nada para vagar hacia ninguna parte.
En nuestra complejidad, los humanos inventamos la idea de felicidad. Era mejor la cosmovisión canina, donde las teorizaciones desaparecen y uno se conforma con lamerse los huevos. Pero para el humano, la cosa es muy seria, y hay hasta una pirámide de un tal Maslow que dice cuáles son tus prioridades.
En ella, parece ser que comer y cagar no basta. Es preciso tener compañía y ser querido. Y luego, se comentan algunas gaitas sobre realización y objetivos personales. Cosas raras.
Total, que el hombre sale a cazar, luego a pelearse en la fábrica y finalmente al aseado sector servicios, en una lucha por encontrarse así mismo. De vez en cuando, cuando tiene un ratillo, sigue dándose el gusto de la droga y el sexo, que a veces gusta eso de escapar del mundo. En el proceso, mientras el planeta resetea y actualiza, un reguero de destrucción va acompañando la obra humana a lo largo del mundo.
Es lo que tiene ser consciente, que uno desarrolla culpas. De nuevo desearía ser feliz con lamerme los huevos.
Tras esa llamarada, ese océano de destrucción y ese infierno desatado, la tranquilidad y la utopía se rebelan imposibles. El hombre buscaba su ascenso, transformando la tierra en su cielo mientras dejaba al otro en la cuneta. Nadie podría salvarse. Lobo muerde a lobo y el hombre es ese lobo. Sin escapatoria. La experiencia humana, saldada con un balance insatisfactorio.
Pero tampoco es para tanto.
Uno puede vomitar pesimismo, mear un poco de sangre y cagar entre hermosas hemorroides para sin embargo, encontrarse más o menos bien. Es lo que ocurre ahora mismo, en este ocaso de la historia, bajo la mole de la decadencia y la medianoche de la destrucción. Pese a todo, y sin que nadie sepa porque…tenemos unas gotitas de alegría en el corazón.
La vida no hay quién la entienda.