Detrás de cada pareja que parece perfecta ante los ojos del mundo, hay dos universos individuales intentando encajar en un mismo espacio. A veces asumimos que tener la misma visión de vida, compartir los mismos sueños y remar hacia los mismos objetivos es suficiente para garantizar una convivencia en absoluta calma. Sin embargo, la realidad nos demuestra tarde o temprano que el amor no nos exime de las diferencias. Ningún ser humano es igual a otro y, al final del día, las formas de procesar las emociones, de comunicar lo que sentimos o de reaccionar ante el estrés terminan marcando distancia, incluso entre dos personas que se aman profundamente.
En los últimos días, Lázaro y yo hemos pasado por momentos de no entendernos, de chocar una y otra vez con los mismos temas sin lograr ponernos de acuerdo. Es una sensación desgastante porque no nace de la falta de afecto ni de una ruptura en nuestras aspiraciones como pareja, sino de la pura y simple diversidad humana. A veces nos cuesta comprender cómo es posible querer exactamente lo mismo y, al mismo tiempo, discutir de forma tan insistente sobre el camino para alcanzarlo. Es ahí donde uno se da cuenta de que amar no es pensar igual, sino aprender a lidiar con el choque de dos personalidades distintas.