Entendí a dónde estaba yendo cuando me senté en la puerta que decía en la pantalla “Caracas”. Un año y medio sin ir que se sentía como una eternidad. Sobre todo en un país que cambia diariamente, mi país, ese del que no entiendo la moneda, hablan de un Bolívar Soberano y de un carnet de la patria, voy sin expectativas, con el corazón y la mente abierta.
Escuché la conversación de dos personas que estaban sentadas atrás de mí, empezó a arrugarse mi corazón, a partir de ese momento supe, una vez más, que iba a ser un viaje de subibajas, de montañas rusas. Él, de unos 45 o 50 años, le contaba a una argentina que recién conocía que su papá había fallecido ayer de un infarto, así que estaba volando de Chile, lugar donde vive, a Caracas, a través de Panamá, para ir al funeral.
El señor dijo que su papá fue a un hospital porque se sentía muy mal, y no lo atendieron porque estaban en paro, cree que si lo hubiesen atendido a tiempo, no hubiese muerto.
Hablaban de capos, del pajarito, del teatro de hace un par de meses, del atentado.
Aterrizar me dio una alegría y una paz inexplicable, sentía que estaba conociendo al Mar por primera vez, quería lanzarme al vacío, pero recordé que debía de ir a casa de mis papás a abrazarlos.
El otro día leí algo que hablaba sobre la gente obsesionada con las montañas, me incluyo, soy culpable, sólo de verlas, mis años de vida se multiplican.
Era para mí, ahí en ese instante en las alturas, la ciudad más bonita del mundo, además de su cielo perfecto, y de sus otras tantas cualidades, recordé que aquí están mis raíces, mi niñez, mi primer beso, mi relación con el mar.
En medio del aterrizaje, me provocaba mandar a callar a todos para que se deslumbraran junto a mí, pero no les daba la gana de absorber con sus ojos tanta belleza junta. Tal vez mis compañeros de viaje no llevaban 1 año y medio sin pisar Caracas, probablemente algunos sólo salieron unos días y ¿volver les pesaba? No lo sé...
Los problemas los quiero dejar para después.
Los cinturones desabrochándose antes de que anunciaran que podíamos hacerlo me recordó que la impaciencia que me caracteriza es digna de mis raíces.
Allá él, allá ella, que se divorciaron del lugar que los vio nacer, allá ellos que escupen para arriba y sólo saben ver la neblina. No pretendo tapar el sol con un dedo. Presencié la desesperación de personas muy queridas buscando Losartán, el remedio para la tensión, sin éxito alguno.
Rómulo, el señor que cuida carros frente a casa de mis papás desde hace más de 15 años, se está apagando cada día más, sus gritos no son iguales, ya ni grita, porque está cansado y las varices no lo dejan estar de pie, dice que los médicos que lo examinaron son una mierda y que no dan con la solución. Me prestó un día 2000 bolos de los viejos y yo que necesitaba de los nuevos, total que se burlaron de mí cuando iba a pagar el taxi con unos billetes “que no sirven ni para limpiarse el culo”. Paco, el sobrino de Rómulo, me pidió mis zapatos durante toda mi estadía, a pesar de que yo le explicaba que eran los únicos que tenía. Me dio un virus que a mi mamá ya le ha dado dos veces en menos de un mes, vomité y fui al baño durante cinco días sin parar, la enterogermina no se encuentra fácilmente, es más nunca la encontré, pero mi amiga María Elena me hizo un suero natural, me puso cristales y música de relajación, mientras escuchaba la clásica fuente del edificio de al lado del suyo que droga naturalmente a cualquiera.
Fuimos a poner gasolina varias veces sin que nos la cobraran, y la razón todavía no la entiendo muy bien, sigue siendo un tema de billetes en el que me declaro china absoluta.
Aluciné con proyectos que está haciendo gente conocida, y también desconocida, están trabajando con las uñas, y con paciencia. Están hartos de que hablen de Venezuela como si fuera un lugar que ya no existe en el mapa, hablan de que han migrado más de dos millones de personas, y que la cifra aumenta diarimente, pero nadie habla del que se queda y está echándole un cerro de bola. Hablan de los bolichicos y de los ladrones de cuello blanco, pero no hablan de la venezolana que tiene una exposición alucinante que utiliza como material principal el papel moneda en una galería de Chacao, y que a una cuadra de la galería venden literalmente la mejor cocada del mundo, las filas son largas, pero vale la pena cada minuto de espera, una vez más agradezco a mi amiga María Elena que me paseó, ella tampoco quiere tapar el sol con un dedo, pero hace un festival de Video anualmente, reúne a no sé cuantos artistas, ve cientos de videos para hacer una selección impecable para que los caraqueños escapen a través de las pantallas durante un día.
Por las calles de Caracas camina la alegría y se llama Anita, qué afortunada mi ciudad de tenerla, con una energía de un niño de dos años después de tomarse un vaso de Coca-Cola.
Mi amiga Valentina, mexicana y querida, tiene ganas de visitar Caracas algún día porque no entiende cómo en medio de la capital sobre vuelan las guacamayas que han decidido quedarse, y hasta ahora no han huido.
Recuerdo que cuando era chiquita, escuchaba los loros y pericos que se agrupaban en el árbol frente al cuarto de mis papás, y me desesperaba el ruido que hacían, en esta oportunidad quería alargar las horas del día para que su sonido no se acabara jamás, lo guardé en mi memoria, pero no es suficiente.
Anita, mi amiga, la alegre, tiene alpiste en su cartera, y pasa la vida lanzándolo al cielo, a ver si un pajarraco se le encarama, y me mata de risa…
Qué bueno que nadie tuvo que prestarme el carro porque las calles tienen tantos huecos que es complicado no caer en uno, además de que los semáforos están ahí de adorno, ellos simplemente nos ven ir y venir, rápidos y furiosos, porque tenemos miedos, todos pensamos que somos el enemigo, y el verde, amarillo o rojo no significa absolutamente nada en esta ciudad.
Caracas me dio la despedida más cálida en el Aeropuerto de Maiquetía, un muchacho que trabajaba allí, compartió sus Cheetos, que no eran marca Cheetos, pero al estilo, conmigo y con Cayique. Nos contó que es del Edo. Vargas y que la cosa está complicada, mientras nos manchábamos los dientes de amarillo número 5, y nos despedíamos sin saber si volveríamos a vernos, pero su cara y su nobleza no la olvido. Así como tampoco olvido que tú y yo, Caracas, tenemos mucho de que hablar, y para eso vamos a tenernos que volver a ver muy pronto…