La envidia de muchas pero, la admiración de otras.
Artista del maquillaje, pintabas sobre el lienzo de tu semblante.
Con tus manos delicadas, Trazos perfectos desarrollaste.
Instruías a muchas jóvenes mozas,
que al verse en el espejo se sentían dichosas.
Rostros con apariencia de cuero,
producto de algún accidente en el fuego.
Les devolvías el aspecto con tu talento,
aquel que tuvieron antes del suceso.
Eras atractiva a la vista de los hombres, única entre todas las mozas jóvenes.
Pero un vacío en ti no podías llenar, querías parecerte a tu ídolo terrenal.
Esa mujer con cuerpo definido, solo a través de operaciones podrías conseguirlo.
Si solo te hubieses dado cuenta mi niña, que la hermosura no se mide por una cirugía.
Con mucha obsesión y dedicación, te preparaste para aquella operación.
Confiando en una supuesta “amiga”, que te ayudaría a encontrar tu codiciada fantasía.
Con un doctor cerca de la frontera, junto con ella te fuiste a otra tierra.
No escuchaste el consejo sabio, de que aquel viaje no era necesario.
Decidiste buscar lo más económico, dentro de un hotel, un clandestino quirófano.
Dejaste que aquella mujer te convenciera, para hacerte ir sin tan siquiera recapacitar.
Niña ¿cómo ibas a saber?, que después de esa anestesia no ibas a volver.
El capricho de parecerte a tu ídolo, terminó llevándote al precipicio.
Niña ¿por qué lo hiciste? No tenías necesidad. Eras maestra en el arte de maquillar.
Un estilo propio habías creado, eras líder en el medio en que te habías desarrollado.
Una vida por delante, a los 25 años se detuvo en un instante.
Hoy lloran quienes te aman, hoy lloran, por tu vuelo vehemente.
Dejaste muchas huellas, pero una muy importante.
Que la belleza está en el interior y no en lo exterior,
Que la vanidad puede llevar, a cometer errores donde la vida puede peligrar.
Amarse primero así mismo es una prioridad,
como naciste ¡no importa!
Como tú no hay nadie más.