¡No voy a morir aquí! me dije.
¡NO AHORA!
No sé cuándo será pero hoy no, por lo menos no sin luchar, no elijo rendirme! Decía una y otra vez mientras los truenos y relámpagos tropeleaban afuera junto con una lluvia incesante.
Alucinaciones y delirios habían pasado por mi mente durante semanas, producto de el hambre, depresión, falta de contacto y comunicación con otras personas; no porque no las hubiera, sino porque eran ausentes presentes; seres incapaces de empatizar de forma efectiva con otro ser humano, producto de el desconcierto y la desesperanza del sobrevivir cada día.
En tal situación, la locura se sentaba junto a mi a llevarme por parajes que ni quiero recordar, solo sé que era un viaje sin retorno si la tomaba de la mano y me dejaba guiar completamente.
En cambio en ese momento, el momento más lúcido de mi vida, dije: ya basta! No me dejaré morir aquí, no puedo decir cuándo será, pero no será por rendirme.
La depresión es un enemigo implacable y silencioso al que no se le debe dar tregua.