Amaneció.
La casa era demasiado espaciosa ahora que no había niños. Se sentía diminuta en la cocina, donde él parecía ocuparlo todo con su cuerpo, la mitad de la mesa cabía bajo sus codos. Carmen lo veía como si no lo reconociera y, sin embargo, le sirvió como de costumbre, una rutina aprendida con disciplina clerical; el pan estaba en la cesta del lado izquierdo y la ensalada en un cuenco aparte, del lado derecho. El café estaría listo justo para cuando terminara. No hubo quejas. Se apartó el flequillo de la frente y el dolor al rozar la sien le recordó la madrugada —y tantas otras—; miró a la izquierda y abajo, al piso que había fregado ayer de rodillas, cuando no le dolía inclinarse.
Miró con viejo anhelo el cuadro en la pared. Imaginaba un campo abierto donde correr con los niños. Y ese anhelo se transformó en justificación. Era su alegato ante Dios.
Se sentó a la mesa donde hacía ya un instante los sorbidos y chasquidos de la bestia transcurrían estridentes como los segundos; su mano lánguida llevaba el siguiente bocado más rápido de lo que podía tragar el anterior. El café ya comenzaría a colar; aún faltaba un poco pero hacía rato que sus ojos no se apartaban de la cafetera. Quizá el último arrepentimiento que le amarra la garganta le dificulta tragar las verduras correosas y escasas. No sería la primera vez. Pero esta vez las manos no le tiemblan. Esta vez no hay nada que perder.
Arrastra suaves los pies por la baldosa; sabe que el ruido del roce le molesta. Sabe que su fragilidad le ofende. ¿Acaso no era suficiente el diario para alimentarse y vestirse decentemente? El rostro colérico se sumergía en las manos gruesas y luego las manos en la ingle; por un segundo la mira con ternura, pero justo ahí, otra vez ese ruido irritante, el ruido del hambre y el desgano frígido, el ruido de los zapatos gastados contra el suelo lo enloquece. De repente, la odia y ella lo sabe; sabe que es su culpa. Pero es muy tarde para volver atrás.
El sabor del café, hoy un poco más amargo que ayer es lo último que lamentar.