Aquel día, se sintió diferente al despertar.
La luz del sol que se filtraba en la habitación carecía del tono anaranjado de los amaneceres.
El aire del dormitorio tenía un sabor rancio y gastado.
El suelo estaba más frío que de costumbre, y absorbía el sonido de los pasos descalzos de forma lúgubre.
La luz fluorescente del baño revelaba en el espejo un rostro pálido y cansado en el que no se podía encontrar la sonrisa, ni en los labios ni en los ojos.
El agua parecía querer alejarse de su piel, retirando la húmeda caricia que despertaba sus sentidos para empezar el día.
La ropa se sentía más opresiva que de costumbre, como si todas las prendas hubieran encogido una talla y el suavizante del lavado hubiera sido olvidado.
El amargor del café no resultó hoy ese amigo conocido, e incluso el pan del desayuno parecía haber perdido su sal.
Suspirando con resignación recogió sus cosas y abrió la puerta, pero el mundo que encontró esperando resultó demasiado hostil y gris como para poder poner un pie en él.
Se detuvo antes de salir, cerró la puerta y se apoyó en ella, susurrando sin apenas darse cuenta “Así no, así no…” sintiendo que faltaba algo importante en su interior.
Volvió al dormitorio, y encontró que él estaba allí mismo, entre las sábanas revueltas: había dejado en aquel colchón al despertar su felicidad, sus sueños, sus deseos.
Se acercó despacito, y con un suave beso los trajo de vuelta en sí.
Sonrió.
Y sintió que todo estaba bien ahora.