He allí el sendero por el que dirigieron sus pasos finales. Estrecho, largo, con yerbas sobresaliendo del cemento y bañado por la luz que se cuela entre los árboles.
Mirándolo desde aquí, no parece un camino prohibido. La persona que sabe apreciar la belleza, aún en sus formas más extrañas, probablemente no dudaría en traspasar la verja y seguir el sendero. Tentador.
No obstante, los que hayan escuchado la historia de los suicidios no se atreverían siquiera a posicionarse en este espacio. Seguirían su camino sin volverse, pero como se trata de mí he hecho algo más que mirar: me he propuesto desvelar el misterio que aquí acontece.
***
He reunido a un grupo de valientes, «o estúpidos», como diría mi madre, que me acompañen a investigar el lugar que se ha ganado a pulso el título de «maldito».
La preocupación de mi familia se hizo latente cuando les comuniqué lo que planeaba hacer, y se intensificó cuando conseguí a estas personas dispuestas a ir conmigo en busca de la verdad. No creían que fuera posible que alguien estuviera dispuesto a hacerlo.
Escribo esto desde mi ansiedad, desde mi intranquilidad, desde la tortura de querer saber que me domina desde aquel día en el que entreví por la verja oxidada y a medio abrir el sendero cubierto de promesas silenciosas.
—¿Qué pasó en ese lugar? —pregunta el padrastro.
Tenía miedo de que, con la pregunta, el chico volviera a echarse a llorar. Desde su ingreso en el hospital y en los momentos de lucidez, no había hecho nada más que sollozar y recordar.
El muchacho, que apenas ha cumplido la mayoría de edad, intuye la razón de que su madre no se encuentre con él en la habitación. Debía estar destrozada. Los ojos se le vuelven brillosos, pero logra contenerse.
Los pensamientos no ayudan. No pudo cumplir la promesa que le hizo a su madre. La de cuidar a su hermano mayor, empeñado en entrar en aquella propiedad maldita. La de cuidarlo y traerlo de regreso.
Son muchas las emociones que lo atacan a la vez, por lo que son muchas las lágrimas que aún faltan por derramar. Se pregunta si algún día no sentirá ya esas ganas de llorar que lo acechan a toda hora, mientras tanto, el padrastro le coloca un objeto en la cama y lo deja solo.
Al volverse, ve un cuaderno pequeño, de color negro. En realidad es una agenda, la conoce, pertenece a su hermano fallecido. La abre como si fuese un objeto sagrado, y para su sorpresa, encuentra las anotaciones de él.
Escribiré acerca de lo sucedido, porque se supone que eso va a ayudarme. Perdona que lo haga en tu diario, no soporto ver estas anotaciones inconclusas.
Entramos. El grupo de personas que reuniste, tú y yo, el acompañante improvisado. No querías que estuviera, sabías que yo no quería estarlo, que lo hacía solo porque nuestra madre me lo había pedido.
No pensé que te pudiera pasar nada. Supongo que era el único que no estaba obsesionado con ese sitio, tan solo me daba igual su existencia. Las habladurías. Los hechos. Por muy trágicos que fueran, había trazado un margen entre todo eso y yo.
Pero justo antes de cruzar la verja, cuando vi la mirada que me dirigiste, por primera vez tuve miedo por tu porvenir, más que por el hecho de que creyeras que yo podía estar en peligro.
Ahora que pienso en esa mirada, en tu texto... ¿Lo sabías? ¿Sabías lo que iba a ocurrirte?
Tu terquedad no era algo que tuviera límites, después de leer tu diario o agenda, me dió la impresión de que eso era lo que debía suceder. Que ya habías trazado tu camino, tu corto camino.
Quisiera comprender por qué decidiste abandonar tu vida de este modo, y aunque te hayan asesinado, ya veo por qué pudo haber sido en realidad un suicidio. Porque en vez de huir del peligro de la muerte, fuiste directo en su busca.
En ese sitio nadie más sintió el impulso de saltar, únicamente tú. Las personas creen que fue sugestión, o un pretexto para ocultar las ganas que tenías de acabarte. Pero yo ví cómo te empujaron, esa sombra aparecida de la nada. Nadie se había salvado de esa caída. Tú no fuiste la excepción.
No vi tu rostro antes del salto, pero me hubiese gustado saber si la sed de comprender de la que eras presa se esfumó en ese instante. Si las promesas silenciosas te han soltado, o si aún te mantienen atado, incluso más allá de la muerte.