La anciana llevaba un bastón. Iba de casa en casa, y aunque los que asumían serían los siguientes en ser visitados la estaban observando, no sabían qué era lo que podía querer.
Tardaba unos cuantos minutos en las puertas de las casas, hablando con quiénes decidían salir, porque no era de extrañar que muchos se escondieran. Por lo general, porque no deseaban hablar con una desconocida.
Al ir a cada casa y cumplir con el fin de su visita, salió de la calle unidireccional y se perdió de vista. A los minutos de su partida, ocurrió un incidente.
Un habitante de cada casa falleció de forma extraña, aparentemente por «causas naturales». Los que estaban vivos pudieron presenciar cómo un miembro de sus familias moría, aunque otros no pudieron notarlo enseguida.
No solo tenían que cargar con el dolor de la pérdida extraña y repentina, de la pérdida, sino con la confusión y el pánico que reinaba en la calle. Muchos vecinos habían salido de sus casas, pidiendo ayuda, embargados por el trauma.
La sorpresa y la confusión radicaba en que no eran los únicos que vivían la pesadilla de la muerte: cada quien pedía auxilio a su manera, internados en un mundo de dolor y negación que se reflejaba en sus miradas.
Nadie sabía qué había ocurrido. Las investigaciones no tardaron en llegar. No podía haber sido accidental tantas muertes, por lo que pensaron que en realidad habían sido asesinatos. Sin embargo, no habían podido llegar a ningún lado.
Lo que más le convino pensar a los agentes de la ley fue que cada persona había sido envenenada, por disparatado que sonara que todos lo hubiesen sido al mismo tiempo. No obstante, las autopsias no arrojaron ningún veneno en sus cuerpos.
Había otra cosa que desconcertaba a los investigadores: las muertes habían ocurrido al mismo tiempo, como si al dar las tres de las tarde sus corazones hubiesen decidido apagarse.
Ningún envenenamiento hubiese podido ocurrir de forma simultánea entre tanta gente, a menos que hubiese sido un suicidio, o que el culpable era en realidad los culpables.
Lo primero parecía imposible, sobre todo porque un niño de meses había perecido, y no habría sido capaz suicidarse. Lo segundo, poco probable.
No había personas extrañas y sospechosas en la calle ese día, la única extraña había sido una anciana que ni siquiera entró a las casas.
El único modo que sonaba lógico era que cada miembro de una familia estuviera involucrado en el hecho, pero no encontraron ningún motivo de peso para que esto fuera así. ¿Tenía que tratarse de una secta? ¿Cuáles eran las posibilidades de que todos en una calle pertenecieran a la misma secta? ¿De que hubiese, por lo menos, un chalado por cada familia que estuviera dispuesto a matar a un ser cercano?
Sin embargo, en los últimos tiempos todo era posible, hasta lo que costaba creer. No obstante, al investigar a cada familia no encontraron nada que arrojara luz sobre el caso.
Sumado a esto, las víctimas eran tan diferentes entre sí que no pudieron llegar a ninguna conclusión. Por lo menos, no sin recurrir antes a la imaginación. Algo que nadie quería. Estaba en juego la reputación de los detectives, y el posible pánico colectivo si las personas se enteraban de que había una amenaza que no podían mantener bajo control.
No era la primera cosa extraña que un detective en particular presenciaba, así que, sin poder olvidarse del misterio, encontró la posible conexión entre las víctimas.
Algunos no le habían dado importancia al hecho de que una mujer misteriosa, de avanzada edad y nunca antes vista había hecho una visita el mismo día en la calle donde se desarrolló el mencionado incidente.
Por tal motivo, algunos de los involucrados no la mencionaron siquiera. Así que, cuando el detective preguntó por la mujer, obtuvo la respuesta que había estado buscando. Todos habían recibido su visita, aunque no todos quisieron hablar con ella.
Los que sí le hablaron no recordaban exactamente qué les había dicho, pero concordaban en que a veces bajaba tanto la voz que las cosas que decía no podían entenderse, como si hablara en una lengua diferente. Tenía una mirada extraña, y todo en ella no generaba respeto y cariño como lo hacían las personas de mayor edad, sino miedo.
El detective no pudo dejar pasar el hecho de que al marcharse de la calle ocurrió el incidente que aterrorizó a todos. El misterio sin resolver que atormentaba a la ciudad. Por lo menos a los que sabían que algo no andaba bien.
Por tal motivo pidió las grabaciones en las pocas casas que tenían cámara, y cuando las revisó, tuvo que verlas nuevamente para darse cuenta que en la hora que señalaban los involucrados al decir que habían recibido la visita no ocurría nada en realidad.
Es decir, esperaba ver a la mujer del bastón visitando cada casa. Frunció el entrecejo y miró de nuevo. Lo que vio fue a las personas abrir las puertas de sus hogares y quedarse parados hablando con la nada.
Cada "visita" duró entre cinco y seis minutos, luego, los dueños de las propiedades se despidieron y regresaron dentro.
Un escalofrío recorrió la espalda del detective, pero no era la primera vez que algo así ocurría en la ciudad, y tampoco sería la última en que un caso de este tipo se quedaría sin resolver.