Un regalo especial

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Fuente: Pixabay

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Un regalo especial

Lisa muchas veces salía corriendo, a última hora, a las tiendas o a una joyería o a una perfumería para comprar el mejor regalo que podía encontrar.


Ella era una mujer muy detallista y jamás llegaba a una fiesta sin su regalo en las manos.

Todos la admiraban porque ella era una persona que no tenía pichirres a la hora de sacar dinero de su cartera. Sus gustos, además, eran exquisitos.

Ella era una mujer menuda de estatura, de cabello ondulado color castaño y unos preciosos ojos verdes. Era dueña de una agencia publicitaria por lo que trabajaba con mucho ahínco en la gerencia de su empresa.

Tenía dos perros pastor alemán que eran sus acompañantes en el apartamento que había comprado en las afueras de la ciudad.

Una tarde, Lisa estaba en su oficina ordenando los bocetos para una reunión que tendría a la mañana siguiente con unos nuevos clientes. Pero, nuevamente, se le había olvidado una reunión que tendría esa misma noche con unos compañeros de la universidad para celebrar el cumpleaños de Roberto (un buen amigo y colega).

Terminó de ordenar todo; agarró su cartera y su chaqueta, las llaves de su carro y fue caminando con pasos cortos pero rápidos hacía el ascensor.

Bajó hasta el piso de las tiendas y entró en una librería. Ella sabía que Roberto era amante del béisbol y quería comprarle un libro de récords y estadísticas de este fabuloso deporte.

Sabía exactamente lo que quería comprar y dónde tenía que buscar el libro por lo que no tardó mucho tiempo en ese lugar.

Salió de la librería y se dirigió a las escaleras mecánicas para ir hacia el estacionamiento para buscar su carro.

No se dio cuenta que el piso estaba mojado.

Resbaló, se golpeó la cabeza contra el piso mientras su cartera y el regalo volaban por los aires. Quedó desmayada.

No supo cuánto tiempo estuvo desmayada ni quien llamó a la ambulancia para trasladarla al hospital. Solo sabe que abrió los ojos y estaba en una cama clínica con una pierna inmovilizada.

Sentado en una silla, dormido, estaba su padre. Lo reconoció de inmediato.

La habitación no tenía ventanas y desde la cama se podía ver dos puertas. Hizo un movimiento queriendo sentarse pero su cuerpo aún estaba adolorido. Allí se dio cuenta que en la cabeza tenía una venda. Gimió del dolor.

Su padre se despertó inmediatamente. Le tomó la mano y le pidió que no se moviera.

Ella respiró. Lo vio algo borroso pero la nitidez regresaba a su visión. Sonrió y al mismo tiempo cerró los ojos nuevamente como para alejar el dolor.

Su padre la miró con ternura. Estaba parado al lado de ella.

-Hija, todo estará bien. Tu madre está en el apartamento cuidando a tus fieras y pronto vendrá, después que yo le telefonee. Hizo una pausa.

-¿Por qué no nos has llamado en dos años? Siempre queremos saber cómo estás pero nunca respondes nuestras llamadas.

Lisa lo miró. En medio de la pesadez que le causaba los medicamentos atinó a decirle

-Hola papá.

Lisa salió del hospital en una silla de ruedas junto a su papá y a su mamá. Buscaron a sus perros y se fueron a pasar unos días, que se transformaron en varias semanas, para una cabaña que tenían en el campo.

La reunión y los bocetos fueron asumidos por el segundo al mando en la empresa publicitaria. En la fiesta nadie se enteró del accidente hasta varios días después pero la ausencia de Lisa no se fue nada extraña aunque sí sus fabulosos presentes.

Lisa comprendió de un sopetón que dedicarse enteramente al trabajo y abandonar los lazos familiarizares había sido un error. También recibió un regalo muy especial: tiempo de calidad. ¡Ah! Y ricas galletas caseras hechas por su madre.

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Cuento marcybetancourt@marcybetancourt
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