Un paso diferente
Subir y bajar Betindoque ha sido una experiencia familiar y también una manera de experimentar las fortalezas de Jaron. Su padre y sus hermanos mayores ya han caminado por estos senderos que siempre cambia su vegetación.
Jaron se encuentra exhausto y se sienta en el sendero de piedras. Pone el cayado a un lado y bebe agua para aplacar la sed. Está seguro que ya ha pasado antes por aquí y eso lo aturde. Cómo puede llegar a lo más alto de la montaña sino no puede o no sabe andar por los caminos que su familia le ha obligado.
Mira extasiado el cielo y se siente cerca de él. Las nubes juegan a convertirse en las formas de su Alexandra, su novia de 20 años, quien lo espera en la universidad sin saber la aventura que él está viviendo. Ella está pensativa y sentada en el columpio de nube que se deshace muy pronto. Ahora sonríe y lanza un beso que se lo traga otra nube en forma de tortuga.
Jason se acuesta en las piedras y sigue mirando al cielo. Sus pensamientos desordenados le producen placer. El sonido del viento que mueve las hojas de la copa de los árboles y la música de Karajan en su habitación parecen ser lo mismo. Él está fascinado de no avanzar y de que nada esté en silencio.
Se incorpora y se queda sentado. Toma una piedra y la lanza. Luego otra y otra. Oye cuando chocan contra algo. Se levanta y lanza una piedra, con todas sus fuerzas, hacia las nubes. Con furia lanza otra y otra. No oye sus caídas ni tampoco puede atravesar las nubes. Casi de inmediato se arrepiente de haberlo hecho y siente alivio de no haber dañado ninguna de sus figuras en el cielo que parecen sonreírle en forma de peces hambrientos.
¿Por qué tiene que lograr subir y bajar esa montaña? Es una tontería se dice a sí mismo. Es una tontería, grita para oírse. No hay eco.
Mira el sendero y la curva que debe alcanzar llegar posiblemente a otra bifurcación. Agarra su cayado y mira lo que ha recorrido. Decide regresar. Aún tiene una piedra en su mano y la empuña tan fuerte que se hace daño. La observa bien y la guarda en el bolsillo de su pantalón.
Bajar es peor que subir. Se resbala una y otra vez y sus tobillos le duelen. También se cae varias veces y las palmas de sus manos que le amortiguan las caídas le sangran. Ya tiene cuatro piedras en su bolsillo.
Llega a la encrucijada y se percata de una “x” en el árbol que está en el sendero andado. No puede creer que no la miró antes. Era una señal. Agarra otra piedra y marca una “x”, justo al lado de la otra. La fresca brisa de la montaña le acaricia el rostro. Piensa en Alexandra; mira las nubes que se disipan en el cielo. Abraza al árbol pensado en ella y piensa en la cena mirando las estrellas. Puede ser una pizza margarita, se dice.
Su padre y sus hermanos esperan al otro lado de la montaña. Jason está detenido. Mira el sendero que, ahora, parece el buen camino. Se guarda en el bolsillo la piedra con la que marcó la corteza del árbol, ya son cinco.
Resuelve continuar bajando.
Esta vez no va apurado y se apoya mejor con el cayado. Aunque las manos le duelen lo agarra como si de él dependiera su vida. ¿Quién marcaría esa “x”?, se pregunta.
Una ráfaga de felicidad le llega del aroma de las flores. En ese preciso instante descubre que va por el camino correcto. Bajar puede ser más peligroso que subir y por eso nadie se atrevió a hacerlo pero lo está haciendo. ¿Cómo no se le ocurrió eso antes? ¿Cómo no se le ocurrió que sus pasos pueden ser diferentes y que ello podría ser más audaz? No lo hace ni mejor, ni peor que sus hermanos o su padre, solo lo hace diferente.
Sigue caminando con el cuerpo inclinado y se siente bien. Llega a otra encrucijada y no mira el otro sendero, realmente ya no le importa. Bebe agua y se sienta en las piedras para admirar el follaje que ahora es más espeso porque se encuentra cerca del principio. Agarra una pequeña piedra blancuzca y le parece linda. Esta se la llevaré a Alexandra, pensó. ¡No! Mejor la guardo para mí.
Los pensamientos de Jason se aplacaron. Él siguió bajando hasta llegar al borde de la montaña. Cuando estuvo allí decidió mirar hacia arriba. El sendero era muy inclinado, estrecho y con muchas piedras. Qué complejo había sido hacer esa bajada, pensó.
Sintió algo de orgullo por sus manos rotas, mientras las levantaba hacia el cielo para gritar: ¡lo logré, lo logré!
Fuente: Pixabay
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