Cabellera narrativa - Cuento

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Cabellera narrativa

Desgreñada y húmeda, la cabellera de Paquita lucía las algas del mar como extensiones de la impetuosidad de las aguas caribeñas, Tiempos en que no se piensa en libertad porque no se sabe lo que es pero se ostenta.


Las trenzas solo fueron para escuela, con aceite de coco y lágrimas en su hacer. No había una hebra que se saliera de su lugar ni tampoco un piojo que penetrara en el entretejido de la tía Sofía. Carácter recio y manos firmes halaban la cabeza de Paquita que, de vez en cuando, recibía un sopetón para evitar que se durmiera.

Los quince años fue otra historia, otro momento. Tubos de plástico alineados cual tropas en formación que después del secador mostrarían la cabeza más glamurosa bajo el arco de globos rosados. El tío Pedro orgulloso tomaría de la mano a Paquita para bailar el primer y único vals que danzó en su vida.

Al final de la noche, después de las fotos con los invitados, los brincos en la pista de baile con chicos de su edad arruinarían el casco espacial natural para convertir el peinado en un torbellino hormonal. Fue la noche del primer beso.

Azul, violeta y verde fueron los tonos que abrieron las puertas a los dieciocho. La mayoría de edad y la universidad llegaron juntas así como también las lágrimas de la decepción amorosa. Época de rebeldía que no necesita justificarse y de impulsividades irracionales.

Estilo afro, con chancletas y muchos collares artesanales mientras se tomaba una cerveza que le causaba acidez en el estómago. Luego, la bossa nova para bailar sola en la butaca giratoria de la tasca de costumbre.

Paquita estaba a punto de graduarse y su cabellera volvió a ser castaña. Ondulante caía sobre la toga universitaria que desconocía su trágica suerte.

Veintiocho años y todo había desaparecido, su cabello, su sonrisa y sus ojos vivaces. El cáncer apareció de pronto y arrasó con los espejos. La quimio le salvó la vida a Paquita quien lentamente volvió a sonreír con las primeras canas en su cabeza.

Demasiado joven y sin útero, el sueño de ser madre se evaporó durante el proceso de la enfermedad. Paquita regresó al mar para sumergirse plácidamente en las frías aguas de su infancia y recobrarse a sí misma.

Trabajo, trabajo y más trabajo con la cabellera totalmente lisa, por la plancha de su peluquera, Paquita tuvo un rápido ascenso: auxiliar, asistente y gerente.

En pleno éxito profesional aparecieron más canas tras la muerte de su madre. Su padre había muerto cuando ella tenía dos años de edad y muy poco recordaba su rostro. Pero su madre fue el látigo que la hizo estudiar y salir a conocer al mundo. Su rostro rígido no se conjugaba con el dulzor de su corazón cual mermelada de arándanos.

Al cumplir diecisiete años le dio la lección más importante de su vida cuando le dijo: “tienes que encontrar tu libertad, aquí (colocando un dedo su corazón), y aquí (colocando su otra mano sobre la cabellera de Paquita)”.

Se cortó el cabello a los treinta y ocho años, justo a la altura de los hombros. Se pintó unos reflejos y dejó las ondas naturales que mostraban su herencia.

Empezó a viajar, primero por reuniones de trabajo y luego por placer. Se dio cuenta que mientras más corto más práctico por lo que su cabellera se mantuvo entre Betti Davis y Diana de Gales.

Dejó de sentirse atada a la empresa y abrió una firma comercial para hacer gestorías y prestar asesorías financieras. Su experiencia y prestigio, reconocida en este campo, le fueron de gran soporte y muy pronto los clientes llegaron, así como colegas que querían trabajar con ella.

Teniéndolo todo le faltaba algo. Un hombre a su lado, tal vez. Un compañero de viaje, tal vez. Cuarenta y cinco años y aún necesitaba descubrirse.

Llegaron los cincuenta y la celebración fue en la peluquería. La cabellera, esta vez, al estilo Liza Minnelli sentaría bien. Paquita hizo una reunión con sus nueve amigos en uno de los restaurantes más lujosos de la capital. La noticia de la noche fue cuando mostró su boleto para ir a Europa. Besos, abrazos y una torta con cinco velas, cada una década, fue el final de la velada.

Recorriendo las calles de Málaga, Paquita sonreía al tiempo en que se sentaba en un banco de la plaza donde estaba la estatua de Picasso. Observaba a los turistas tomarse fotografías y entrando a la casa natal del artista. El día de inicios de la primavera era húmedo y frío.

Su cabellera grisácea se despeinaba con el viento. Eso ya no le preocupaba. Disfrutaba cada minuto como si fuese el último porque cuando se desveló el amor y la libertad, al mismo tiempo, fue cuando empezó a vivir plenamente.

Allí estaba ella, sentada, a los sesenta años, esperando su alma gemela que pronto llegaría con el helado de chocolate blanco y sirope de fresas; su favorito.


Fuente: Pixabay

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