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Póstumo homenaje

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Cuando mi padre murió, cosa que ya esperábamos debido a su enfermedad, hicimos los arreglos funerarios y lo enterramos como se merecía. Había sido un excelente padre y un buen proveedor. No merecía menos.

Una vez terminadas las exequias fúnebres en el cementerio, propuse a la viuda y a mis hermanos, reunirnos a cenar en un restaurante para rendirle un homenaje póstumo. El último homenaje al viejo.

Todos estuvieron de acuerdo y nos reunimos en un pequeño restaurante local. Yo estaba con mi esposa y mis hijas, mi hermana estaba con su esposo y sus hijos, mi hermano andaba con su prometida y la viuda, pues sola. Llegó la mesera y ya visto el menú, cada cual pidió su comida y su bebida.

Luego de pedir la comida, mi hermana preguntó quién pagaría la cuenta. Mi hermano ripostó que pidiéramos cuentas individuales y que cada cual pagara lo suyo, porque era lo más justo. Ciertamente tenía razón, pero con esa propuesta había un pequeño problema. El menú establecía que no se dividirían las cuentas en una mesa de más de 7 personas y nosotros éramos 11.

Mi hermana le dijo a mi hermano que pagara él la cuenta y ella le pasaba el dinero. Mi hermano se negó. Mi hermana dijo que no podía pagar la cuenta porque aún no había cobrado y no tenía fondos suficientes. La viuda propuso hablar con la mesera para solicitarle dividir la cuenta.

Yo propuse, pues, que la pagara el viejo. Todos, absolutamente todos me miraron con mala cara. La primera en protestar fue la viuda, diciendo que mi comentario era una total falta de respeto y una burla a la memoria del recién finado.

Mi esposa me pellizcó y me dijo que no era momento de hacer bromas pesadas. Que esto era un homenaje póstumo al viejo y no una fiesta ordinaria.

Mi hermano dijo que de ninguna manera porque eso podría, no solo constituir fraude, sino que afectaría sus derechos hereditarios.

Mi hermana guardó silencio y yo dije “tengo su tarjeta de crédito”. Todos volvieron a mirarme pero esta vez en silencio.

Les dije que fuéramos sensatos. Les pregunté si alguno de ellos le había notificado al banco la muerte del viejo. Todos, incluyendo la viuda, negaron con la cabeza. Ya habíamos cometido la primera falta y no había habido consecuencia.

Estábamos supuestos a notificar al banco la muerte del viejo inmediatamente para evitar cualquier fraude. El banco inmediatamente congelaría todas las cuentas y luego, solo luego de un largo y tedioso trámite judicial, podríamos acceder al dinero, según dispusiera el Juez.

Tampoco se había notificado a las compañías de tarjetas de crédito. Estas eran más fáciles de manejar, pues ni siquiera había que notificarles. Después de asegurarnos que la viuda no fuera suscriptora en la misma tarjeta, era cuestión de utilizarla con una firma falsa, llevarla al límite y no emitir pago alguno. La compañía de la tarjeta emitiría cartas de cobro, cartas de amenaza y por último, tirarían la cuenta a pérdida y enviarían correos electrónicos con todo tipo de ofertas para que pague la deuda. Y como dice el refrán “la última cuenta la paga el diablo”.

En cuanto a la participación hereditaria que tanto preocupaba a mi hermano, le dije que no se preocupara. Había hecho un inventario con mi viejo antes que muriera y su patrimonio era tan paupérrimo que podía renunciar mi participación hereditaria a su favor y todavía saldría ganando.

Todos quedaron en silencio. Luego de un rato de deliberación silenciosa, llamamos a la mesera y ordenamos bebida, licores exóticos, postres y hasta comida para llevar.

Fue un buen homenaje póstumo el que le rendimos al viejo.

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