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Pintura corporal para el dolor

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Una mujer desnuda, pintada, entró a la plaza central de la ciudad.

Todas las miradas se dirigieron a su cuerpo cubierto de pintura: un cuerpo desnudo pintado como una figura de “uva pasa” (la pintura alegre no llegaba al color de su corazón). Se instaló en su pedestal. El calor abría surcos de sudor en su bello rostro moreno; un sol inclemente había salido a primeras horas de la mañana.

Anastasia, la artista de la mimesis, talentosa pintora corporal, estaba parada en su pedestal improvisado. Su cuerpo inmóvil. Sus ojos grandes, abiertos; sus manos extendidas como un mendigo de cualquier calle del mundo.

Desde su pedestal (artístico) no se veía tan mal la mendicidad por la vida (o por sobrevivir); el arte mostraba nada más que la belleza, los colores alegres, y como buen arte, se reservaba el dolor para su corazón triste.

Una figura de colores con sus manos extendidas pidiendo (una limosna), tal vez, algo de amor y ternura; o tal vez, más vida. Ningún dedo de sus manos extendidas señalaba, ni acusaba, a sus verdugos (los tiranos de su miserable sueldo): los autores del dolor, sus carencias, la indigencia y el desamparo.

La miraban desde abajo del pedestal (sus admiradores de su pintura corporal) sabían lo que representaba con su arte (una exquisita “uva pasa”). Alcanzaban a mirar la pintura de la piel; sin poder mirar la tristeza arrugada en el corazón: pálpitos lentos y atormentados que comenzaban en sus ojos y terminaban en los cadáveres y cenizas del pueblo.

Ella, estaba ahí, arriba, en su frágil pedestal de carne: debía mostrar la vida con esencia de mimo o de payaso: importaba ser apariencias y mostrarse agraciada aún con el corazón pintado de tristeza. Y, además, los ojos abiertos sin parpadear; pero, a diferencia con los muertos, ella, si lo hacía eventualmente, y parpadeaba, y humedecía sus ojos; y, continuaba con los ojos abiertos simulando alegría. Estaba parada en medio de las miradas del público: era la gran artista de la ciudad; la admiraban.

Ella gozaba del instante de gloria artística que muy pronto se terminaba; era una gloria como todo arte contemporáneo: eventual, de apreciación efímera, rápida, breve, light. Y la gente la miraba (la contemplaban). Y, rápido, se marchaban (y ella, quedaba ahí, olvidada; descartada). Todos continuaban su camino: la vida sin importar de qué color estaba pintado el corazón de Anastasia .

Pero, la verdad, ella fue valiente y estuvo ahí, tan vital, tan real; con su pantomima lenta, inmóvil, y su bello cuerpo de mujer semidesnuda, y las pinturas cubriendo su piel (de colores vitales), que tapaban discretamente su entrepiernas, las puntas de sus senos y todo sus pezones.

Ella Anastasia , era un arte, una pintura del cuerpo colorido, una figura hermosa: pintura natural, corporal. Una figura humana hecha arte; una realidad (a partir de su cuerpo real), suficiente, que lo era todo sin mostrar la plenitud desnuda de su piel más allá del arte.

Bastaba ese cuerpo de “uva pasa” para pintar la vida de Anastasia : era una “uva pasa” con respiración, dolor, y pálpitos del corazón (lacerado por penurias). Una “uva pasa” con sangre viva que atraviesa las venas; con rostro húmedo, labios agrietados, y una lengua que sobrevive en la boca con su poca saliva amarga y hambrienta.

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