Te presentaste con la dulzura de la posibilidad encendiendo tu sonrisa, desplegando esa magia que hace de todo creíble.
Te presentaste sin presencia, vestida con esa hermosa falda negra y un par de trenzas amarradas con estrellas que brillaban incandescentes.
No podía oír tu voz pero me gritabas y me gritabas con la no voz de los anhelos, de las esperanzas y los miedos.
Tu voz era una extraña mezcla de miel con obsidiana, de silencio con bullicio y de ecos de un lugar lejano.
Era como escucharte sin tus palabras ser sonidos, como cuando el lenguaje se emite en códigos de luz y parpadeos, como cuando escuchamos con el cerebro jugando a contactarnos por telepatía.
Como si toda tú fueras erupciones de silencio cantando hermosas melodías, entonando dulces arpegios con una lira.
Entraste por el tejido rasgado de mis pupilas abriendo la cortina de hierba de mi alma, pisando suavemente el violeta de mis posibilidades, desbaratando la incredulez que algo así podría pasar.
Venías con el pecho descubierto, encendido y amamantando flores, dulce diosa en la que tu figura se transformaba en caricias imperceptibles.
Me encontraste dormido, soñando que soñaba con la piel empapada de nido madrugada, inventándome fantasías y necedades.
Me encontraste sin saber dónde vivo, me encontraste en mi sueño, en la bella ternura de desconocerme, en la frágil complacencia de mis migajas que te deseaban pero no querían tenerte.
Me hallaste acostado en mi cama desencuentro y me diste un beso que me transportó al delirio de tu presencia.
Un beso porque si, solamente por la intención de anidar golondrinas, una cama de incienso y el mundo viéndonos desde la ventana, envidioso ante lo que podíamos hacer sin hacerlo.
Sí, un beso despojado de tiempo, un beso desprovisto de espacio, un beso en sí mismo construido y destruido, como nacen los átomos y se trasforman en complejas células que proporcionan la vida.
Después lentamente desenredaste tus trenzas, retiraste tu falda, mostraste tu desnudez desprovista de impudicia o vanidad y lentamente mientras te acercabas infantilmente nuestros no cuerpos se volvieron polvo
Polvo que en cada una de sus partículas celebra un nacimiento, festeja el comienzo sin final y el amor que no tiene fronteras porque no vive y tampoco muere.