No todos los días se cumple años y con el tiempo he aprendido a querer esa fecha, que antes no me gustaba por distintos motivos.
Hoy en día creo que he aprendido un poco más y me doy cuenta que es bueno celebrar la vida, no importa si no es con torta y velitas, sino en general apreciar y agradecer que seguimos en este planeta y tenemos un millón de posibilidades.
En fin, este post no va de cosas motivacionales que ya otros y otras hacen ese trabajo mejor que yo. No, este post va sobre un recuerdo que tengo de muchos de mis cumpleaños y es el de mi papá contándome la historia de cuando nací.
En mis cumpleaños, al menos en los que él recordaba la fecha, siempre me contaba esta historia. Sin darnos cuenta era nuestra tradición.
A ver, mi papá era un buen narrador de historias, de anécdotas que le habían sucedido. Así que, de por sí resultaba entretenido, excepto cuando hablaba de temas políticos o religiosos, allí si no se le paraba podía hablar por horas.
Pero esta historia en específico–la de mi nacimiento- yo la disfrutaba particularmente en parte porque era protagonista y por otra parte porque mi papá al contarla se le veía increíblemente feliz. Le brillaban los ojos y hacía toda la mímica de cuando me llevó en brazos, me contaba lo poco que pesaba y lo delgada que era al nacer, que le parecía a una “culebrita” –sí, lo sé, nada halagador- lo que arreglaba con: “mi culebrita”. Que era como decir que yo era su hija, que pertenecía a una familia, que tenía unas raíces.
Hoy él no puede contarme esa historia, pero tengo su recuerdo de él contándola, con su emoción y ojos brillantes.
PD: Hoy mi mamá, que antes sobre todo era espectadora, me cuenta la historia de mi nacimiento a su manera, desde su perspectiva y también lo emocionado que estaba mi papá el día de mi nacimiento.