La noche está oscura, en el cielo las nubes amenazan con descargar su contenido sobre ellos. Pero dos hermanos siguen caminando lo más rápido que pueden, tratando de llegar a la casa de sus padres sin mojarse.
Cuando solo falta una manzana para llegar, un trueno en lo alto anuncia la llegada de la lluvia. Todos corren desesperadamente pero aún así terminan empapados.
Al llegar, todas las luces del lugar están apagadas. Pedro, el mayor, toca con desespero el timbre una y otra vez, pero ni su madre ni su padre salen a recibirlos.
Quizás estén en una fiesta navideña, pero los jóvenes no tienen forma de entrar, ni otro lugar a donde ir.
Mizael, se quita el pesado suéter que cae empapado en el piso del porche delantero. Ambos están atestados de alcohol, despiden la pestilencia desde su cuerpo.
No saben de dónde venían, ya no lo recuerdan, pero algo les había dicho que debían correr. Siempre el lugar seguro a donde ir era a la casa donde crecieron. Sus cuerpos cansados, y atontados por el alcohol, cayeron abatidos en el piso donde se quedaron dormidos hasta el amanecer.
Unos golpes en los zapatos de Mizael lo despertaron. La luz hirió sus ojos pero cuando se adaptaron pudo ver el rostro de quien había arruinado su profundo sueño. Era Miguel, el oficial de policía del pequeño pueblo, juntos habían ido al colegio cuando eran niños, e incluso de adultos los había sacado de diversos aprietos.
Pero esta vez la cara de su amigo no mostraba signos de amistad. El hombre le realizó una simple pregunta, "¿Donde estuvieron esta noche Mizael?" Una pregunta sencilla, a la cual el hombre no tenía respuesta.
Ante la cara de perplejidad del recién despertado, el oficial no tuvo otra opción que pedirle se incorporara, llamó a los demás oficiales y se llevaron a ambos hombres esposados.
Pelearon, gritaron y proclamaron que eran inocentes, que no entendían de que los acusaban.
Al llegar a la comisaría muchas personas en las afueras lloraban, gritaban y gritaron y exclamaron el nombre de los jóvenes pidiendo justicia.
Mizael, tenía un mal presentimiento. Siempre habían hecho fechorías estando bajo efecto del alcohol, pero nunca habían dañado a nadie. Tenía que ser un mal entendido.
Dentro de la comisaría, Miguel, apelando a la duda, les ofreció café que gustosos se lo tomaron, y decidió hablar de la situación.
La noche anterior, una joven fue asesinada frente a un local nocturno, el local al cual están acostumbrados a frecuentar. El nombre de la chica era Cristina Martín, quien hacía varias noches la habían visto compartiendo con Pedro en diversos lugares, se presumía tenían una relación. Se tiene un testigo, una joven que acompañaba a Cristina esa noche, la mujer dice que los vio llegar al lugar, sucios, llenos completamente de algo rojo. La chica pensó que era pintura, pero ahora cree que era sangre. Comentó que fue un momento al baño y cuando regresó ya su amiga había muerto.
El hombre en desesperación ve a su hermano, detalla por primera vez en esa mañana su ropa. Lleva los vaqueros desteñidos de siempre, llenos de humedad, pero la camiseta, está manchada de un rojo decolorado. Se ve a sí mismo, y evidencia que su aspecto es similar. No es grande la cantidad de ese color, pero si es verdad, la lluvia debió lavar la mayor cantidad de sangre.
El miedo apareció en los ojos de Mizael, sus manos empezaron a temblar, veía a su hermano Pedro quien estaba tranquilo y relajado, parecía nada le inmutaba, quizás aún estaba bajo efecto del alcohol. Miguel, les pidió que pensaran y recordaran con detalle lo que habían hecho, que los dejaría recordar.
Pero aunque los dejaran solos nada llegaba a la mente del muchacho. Recordaba estar en una reunión familiar, habían compartido con primos toda la tarde. Hicieron hallacas, tomaron vino, luego cerveza y terminaron con ron, recordaba subirse al coche conjuntamente con sus padres y su hermano pero nada más de ahí hasta que se vio tocando con desespero la puerta de la casa de sus padres.
Sin saber cómo defenderse, simplemente le preguntó a Pedro si recordaba algo, así fuese poco. Pero su hermano mayor recordaba menos que él. Así que el chico solo sintió ganas de llorar, estaban perdidos.
Nunca se había imaginado haciéndole daño a nadie, pero en el estado en que estaban todo pudo ser posible. Pidió hacer una llamada, marcó con sumo cuidado el número de la casa de sus padres, pero nadie atendía, ni su madre, ni su padre. ¿Se habían quedado con sus tíos? no, es extraño, en casa había visto el coche, de seguro el teléfono estaba en silencio, o se habían ido ya a misa.
Cuando hablaron nuevamente con el oficial, Mizael contó lo que recordaba de su historia. Dijo que no sabía nada acerca de esa chica, que él si la había visto en oportunidades, pero esa noche no recordaba haber estado cerca de ella.
Pedro, llamó a un amigo que acudió y pagó la fianza. Por no contar con mayores pruebas contra ellos, los dejaron ir mientras seguía la investigación. Les cambiaron todas las prendas de vestir para ser investigadas, por unos simples monos y franelas color gris, y les dieron libertad.
Una vez más llegaron a la puerta de la casa de sus progenitores, Mizael descendió del vehículo pero Pedro tenía asuntos que resolver, o eso dijo. El vehículo de sus padres estaba en el garaje, pero todo estaba en silencio. Nuevamente un mal presentimiento se apoderó de Mizael. Se asomó dentro y todo estaba en calma, no había nadie detrás de los cristales. Así que decidió allanar su propia vivienda.
Saltó la pequeña cerca y se dirigió al jardín trasero. Para su sorpresa la puerta que daba a la cocina estaba abierta, los azulejos estaban empapados de agua, y botellas vacías de diversos tipos de alcohol reposaban sobre la encimera. Con cuidado de no resbalar por el agua, caminó lentamente hasta la sala principal que también estaba sola.
Con el corazón latiendo a mil por horas, subió las rechinantes escaleras. Paso a paso sentía que su corazón se aceleraba. La puerta de la habitación de sus padres estaba entrejunta, dejaba ver un rayo de luz en el piso del corredor. Escuchando sus propios latidos entró decidido.
Todo estaba en aparente calma, las cortinas ondeaban al ritmo del ventilador, en la cómoda la cartera y los celulares de sus padres, la cama revuelta, extraño, su madre nunca deja la cama revuelta. Pero cuando se acercó un poco más descubrió algo atroz, la sangre había goteado hasta la alfombra del piso formando un charco rojo. La cabecera de la cama estaba salpicada por hilos y puntos de sangre, parecía un abstracto arte de Jackson Polo, y en el lugar de las almohadas un revoltijo de sangre, pelo y carne.
El joven no aguantó más y simplemente vomitó ante tal visión. Con los ojos llenos de lágrimas gritó, durante lo que pudieron ser minutos u horas. Su visión se puso borrosa, pero debía salir de ahí, salió al pasillo, tambaleándose y mareado llegó a la escalera desde donde se desplomó.
Todo fue oscuridad y un tormentoso pitido en sus oídos. Sentía el dolor de todo su cuerpo por la caída, pero lo que más le dolía era algo impreciso, no sabía dónde estaba ese dolor, era simplemente el hecho de la muerte de sus padres lo que le causaba tal aberrante dolor.
Pero ese dolor le permitió recordar.
Recordó como había sido la cena con sus familiares, todo había sido normal, lleno de risas y recuerdos. Hasta que su padre tocó el punto cúspide de la noche, a quien le heredaría su pequeña tienda de comestibles. Dijo que su hijo mayor no lo merecía, solo correteaba por el pueblo sin ningún objetivo, así que no le daría nada a Pedro, y pues Mizael, aunque quizás si tenía ambiciones y había estudiado, se deja pervertir por su hermano mayor haciendo destrozos en el pequeño pueblo semana tras semana. Así que cuando él estuviese más capacitado esperaba poder entregársela, pero debía alejarse de su hermano.
Pedro se enfadó, se fue al patio trasero hasta que nuestros padres decidieron marcharse. Todos en el mismo carro no hablábamos, solo escuchábamos las gaitas en la emisora local. Al llegar a la casa, Pedro sacó más y más botellas de alcohol, le instó a su hermano menor a tomar, le dijo que sería la última vez, debido a que había sido un muy mal ejemplo para él. Y así lo hicieron, tomaron durante horas, pero abatido por la ira, Pedro subió a la habitación de sus padres, dijo les haría una broma, pero fue más que eso.
Con un pesado cenicero de piedra, golpeo hasta el cansancio el cráneo de mis padres. El hombre intentó detenerlo, pero fue inútil, la fuerza de su hermano era voraz, empujó a Mizael contra la puerta y se golpeó la cabeza, quedando aturdido unos minutos. Cuando se incorporó su hermano apreciaba su obra macabra.
Paso al lado de Mizael y éste le siguió, quiso enfrentarlo, llevarlo ante la policía, pero su hermano solo salió por la puerta trasera y se dirigió a la taberna donde se encontró a la chica. Sí, eran dos jóvenes, una se marchó pero cuando la joven preguntó por qué estaba lleno de sangre el hombre solo rió y golpeo su cabeza con la pared. Un solo golpe bastó para acabar con su vida. Y corrió, corrió sin control, Mizael le siguió los pasos, pero los pensamientos del joven se diluyeron, simplemente se esfumaron. Todo se olvidó.
Luego de recordar todo, Mizael simplemente lloró. No sabía cómo enfrentarlo, pero no tuvo tiempo de pensar. Más de seis patrullas llegaron a la casa que apestaba a muerte y oscuridad. Los oficiales irrumpieron en el lugar, destruyeron la puerta y sin pedir explicaciones ésta vez se llevaron esposado al hombre.
Su hermano, había relatado la historia, pero colocando a su hermano en su lugar, culpándolo de todo lo ocurrido, condenando a un inocente a sufrir el destino que a él le correspondía.
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