La luz matinal se colaba por la delgada cortina de color cerezo, calentando la piel tostada de Mirla que dormía profundamente en el viejo sofá. Los pájaros en el exterior de la casa trinaban y cantaban, pero no lograban despertar a la vieja mujer.
Hasta que llegó su hija Mónica quien al abrir la puerta principal hizo un gran ruido debido a sus goznes desgastados. Mirla inmediatamente se levantó. Su rostro era una expresión de terror, sin duda estaba tan cansada que se le había pasado la hora de desayuno pero era momento de moverse.
Se levantó rápidamente y corrió al vestíbulo principal donde su hija se desprendía de la chaqueta y botas de exterior.
Saludó a su hija con un fuerte abrazo y juntas entraron en la antigua y grande cocina. Mónica ayudó a su madre a preparar la comida, el café y le contó de sus planes para el día. Mirla, aunque siempre se animaba al hablar con su hija, ese día estaba llena de inquietud y anhelaba el momento en que se marchara.
El reloj en la encimera de madera hacía tic tac, de forma insistente, para la anciana cada vez sonaba más y más fuerte, sentía los nervios a flor de piel, así que de forma sobresaltada le pidió a Mónica que se marchara antes que se le hiciera tarde para buscar a sus nietos en el colegio.
Algo sorprendida, la mujer salió de la casa, pensando que quizá su madre estaba más loca de lo normal. Pero aún así siguió su camino, y se embarcó en su vehículo para luego buscar a sus pequeños hijos.
Mientras en el interior de aquella vieja casa Mirla corría de un lado a otro. Pensaba que había sido una suerte que su hija no hubiese entrado en la sala de estar, debía limpiar todo aquel desastre.
Cargó el trapeador y luego de meter todo el desperdicio en grandes bolsas de basura negra, arrojo agua jabonosa y talló fuertemente el piso de madera, sacando lo máximo posible cada vez que exprimía. Desechó el agua teñida de rojo en el viejo inodoro y luego procedió a cargar las grandes bolsas de basura cuando se abrió nuevamente la puerta principal.
Desde la parte trasera de la casa, Mirla sintió terror porque aún no terminaba de limpiar, así que intentó correr a la estancia, pero sus viejos y cansados pies ya no daban para más, intentó gritar, pidiendole a Mónica que no pasara, que limpiaba, pero era muy tarde. Su hija se encontraba parada en la mitad de la sala de estar, con una expresión de horror dibujada en su rostro.
No se movía, estaba estupefacta y la vieja mujer sabía que su hija no lo entendería, estaba perdida. Así que sin meditarlo ni un minuto más tomó el gran pisapapeles de piedra pulida y lo estampó en el cráneo de su hija. La cual cayó en el piso que aún se encontraba lleno de sangre.
Mirna lloró, porque a pesar de que hacía esto cada semana, nunca se imaginó tener que quitarle la vida a su joven hija. Con ella no jugó, no se divirtió como lo hacía con sus presas semanales. Simplemente le arrebató la vida, desmembró su cuerpo y la aglomeró en las grandes bolsas negras con las otras dos víctimas de la noche anterior, con las cuales sí había disfrutado.
Sentía miedo, sabía que debía reportar a su hija como desaparecida, así que terminó de limpiar todo el área, corrió al gran patio donde como acostumbraba, sepultó los cadáveres y colocó plantas para no levantar sospechas.
Pasada dos horas llamó a la policía quienes reportaron como desaparecida a una mujer de mediana edad, quien había dejado el vehículo en la puerta de la casa de su madre pero nunca había llegado a entrar a la vivienda.
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